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sábado, 9 de abril de 2022

UNA ESQUINA EN JUAN B. JUSTO Y CORRIENTES

 UNA ESQUINA EN JUAN B. JUSTO Y CORRIENTES

 Por Eduardo Horacio Bolan

Conversar con vecinos sobre el barrio es visualizar lugares y situaciones a través del tiempo. Es como armar un rompecabezas.

 

Un sentimiento

En el año 2021, en el segundo año de la pandemia, Carlos Levín, poeta y gran conocedor del barrio de Villa Crespo, me presenta a Ricardo Figueroa, vecino con fuerte raigambre villacrespense.

Muchos son los temas tratados en las conversaciones con Figueroa sobre ese terruño llamado barrio: aquellos años del ´60 y ´70 donde la niñez y la juventud todo lo podían, van surgiendo los negocios comerciales (la mayoría ya no están), las veredas, los colectivos, la ropa y la moda de entonces, Atlanta con sus equipos de básquetbol y fútbol y, por supuesto, los cafés.

Todos son lugares entrañables que siempre están presentes aunque ya no estén, aunque los busquemos en los sitios donde antes los encontrábamos. También están las personas, aunque no estén. Inolvidables anécdotas vividas o escuchadas que no nos cansamos de relatar y que son el hastío de las nuevas generaciones, que ya tienen sus propias vivencias y dicen que son diferentes, aunque sin duda, en lo trascendental, son semejantes e incluso iguales.

 

Reducto porteño

Los Cafés de Buenos Aires y ¡los cafés de los barrios! A algunos los renombraron con el agregado de  “Café Notable”, otros quedaron en el olvido pero a la mayoría se los recuerda y se le rinde homenaje, al menos en la memoria colectiva.

En una de esas charlas con Figueroa, tratando las décadas mencionadas, famosas por los vivos colores de las vestimentas, las galerías y la música de Los Beatles, emerge un recuerdo. De pronto Ricardo dice “…y el Café El Copetín

A mí me “sonaba” ese nombre y de pronto lo recordé, lo había leído en el libro “Historia de Villa Crespo” (1978) de Cayetano Francavilla.

Me interesó, mucho más porque había ocupado la esquina que hoy se encuentra, digamos, vallada y abandonada y que hasta hace varios años atrás funcionaba una estación de servicio. La alarma por un derrame de nafta hizo que se cerrara. Sin duda, cuando pase su debido tiempo, será el destino de una nueva construcción que mejorará la zona.

Ya en esas décadas de la segunda mitad del siglo XX los cafés habían dejado de ser espacios frecuentados solo por hombres. Las parejas de novios iban ganando su lugar y nadie, en su sano juicio, se escandalizaba por ver a una mujer sola en un Café, aunque algunos por creerse así más hombres la molestaba. Hasta muchos muchachos se animaban a consumir gaseosas. Había lugares especiales dentro de los locales, eran los llamados Reservados. Estos sectores daban el aspecto de mayor privacidad, mayor intimidad, apartados un poco del resto por estructuras de poco espesor y de metro y medio de altura.

El Bar, el Café, sitio donde esperar, pasar el rato, tomar un café o un “traguito”, mirar por la ventana, leer un libro, lugar ideal para comenzar o seguir conversaciones, y, por qué no, masticar melancolías. También como para sentirse “como en familia”.

 

“El Copetín”

Ricardo Figueroa recuerda con simpatía esa esquina de Corrientes y Juan B. Justo tan querida y grata para sus recuerdos. Vuelve el tiempo atrás por magia de las remembranzas.

La salida de la escuela junto a su hermana, caminar por la vereda de numeración impar de Av. Corrientes. Al 5749 está “El Porteñito” compra-venta de muebles antiguos, al lado el negocio “La Rosa” y llegando a la esquina, en el 5793 de Corrientes, se halla “El Copetín”. Allí saluda a Canaro que está en la vereda en su kiosco de diarios y revistas, a veces acompañado de su hija Adela. Canaro, siempre tan amable, y que para Ricardo es parte de esa esquina.

A la vuelta, sobre Juan B. Justo, como yendo a la calle Villarroel, se encuentra el surtidor de nafta YPF, está en la vereda y es atendido por papá Ricardo (sí, padre e hijo de igual nombre). Cuando tiene tiempo consume un cafecito en El Copetín junto  a sus amigos y a su hermano Luis, que es el tío Luis, que es fotógrafo y al que Ricardo niño ayuda en el revelado de fotos. En su vida de adulto Ricardo supo ser fotógrafo profesional de eventos sociales y deportivos del barrio y muchas de sus tomas fotográficas son de edificios y calles y tienen su espacio en los dos libros de Francavilla sobre Villa Crespo.

Ricardo, como todo chico curioso y habilidoso, también sabe ser “ayudante” de su papá en el surtidor.

Papá Ricardo tiene otro oficio que es el de enfermero particular y una vocación amateur que es el dibujo a lápiz, pericia que le sirve para retratar a los parroquianos del café, sean habitúes u ocasionales.

El vermuth de los sábados al mediodía es momento propicio de reunión y qué mejor lugar que El Copetín. Se dan cita los comerciantes y demás trabajadores cercanos al bar. Una tradición que se mantiene  a través de muchos años.

Donde termina El Copetín sobre Juan B. Justo, al 2556, está, en el recuerdo, el negocio El Vitraux y un poquito más allá la fábrica El Changuito, que elabora changuitos, ese carro manual que se utilizaba en esos años para ir a la feria municipal o a los almacenes.

En El Vitraux los deudos encargan imágenes votivas, especialmente de santos y ángeles, para ser colocados en las bóvedas funerarias de los cementerios, en especial en el de Chacarita. También las iglesias católicas del barrio les confian pedidos para revestir determinados lugares sacros. Todo es artesanal, Enrique es el encargado de confeccionar el dibujo, vaya a saberse cuál sería su inspiración o de dónde saca las ideas (o de dónde las copiaba). En un momento del proceso “las imágenes las pasaban por el horno”, rememora Ricardo y ve nuevamente lo que vieron sus ojos infantiles, para después Don Ramón García enmarcar las imágenes con plomo.

Con Ricardo volvemos sobre nuestros pasos pero seguimos suspendidos en esos años pasados y llegamos nuevamente a la esquina. Entramos a El Copetín. A la derecha el sector de los Reservados, con ventana sobre Av. Corrientes. Al frente, algunas mesas y el mostrador donde un mozo recoge los pocillos con café, los platitos y todo lo que le hayan encargado, quizá al grito de “mozo, un café”. Coloca todo sobre su bandeja y en forma certera y sin equivocarse acerca el pedido a cada uno de los parroquianos.

A la izquierda se hallan ¡seis mesas de billar! Es el lugar de recreo para muchos luego de tanto trajinar en el trabajo y en enfrentar obligaciones, y además queda cerca de sus hogares.

No hay necesidad de ir al centro, al Bar Los 36 Billares en  Av. de Mayo al 1200, entre Salta y Santiago del Estero. Hay billares en Villa Crespo, son seis ¡y a mucha honra!

Los billares, instalados en aquellos años del ´40 y ´50, donde los hombres asistían y jugaban con traje de solapas anchas y corbata al tono, muchos con pañuelo en el bolsillo superior del saco. Todos con sombrero o gorro.

Los billares brillaron en El Copetín hasta 1965, aproximadamente.

Luego esos hombres fueron acompañados al Café por sus familias en los ´60 y ´70 y después … los tiempos cambian y los comercios y sus rubros también. El Copetín cerró y fue reemplazado por el Restaurant Parrilla Bariloche.

 

Ricardo Figueroa (h). Atrás la esquina de Juan B. Justo y Corrientes (foto EHB marzo 2022)

Historia de esta esquina

Los recuerdos de Ricardo Figueroa, ese recomponer imágenes para armar sitios y tiempos, llegan hasta los ´40 pero esta esquina tiene una historia que nos retrotrae a comienzos del siglo XX.

Antes de la existencia del Café Bar El Copetín, negocios anteriores se habían instalado en esa esquina. Memoriosos sostienen, aunque no hay fechas ciertas, que quizá durante o después de la primera década del siglo XX, se establece una sastrería. Si así fuera, debió ser un local con vivienda incluída, nadie se iba a aventurar a inaugurar un negocio a la calle en esa zona “pegada” al Maldonado. Se especializaba en prendas de vestir masculinas con estricta terminación a mano, diseñadas para hombres elegantes. Estimo que las prendas se confeccionaban allí y que eran llevadas a los señores que vivirían no muy cerca. Para la época, este sector era un suburbio. Por lo visto no duró mucho tiempo ya que muy pronto hay noticias que en el solar se inaugura el primer Café. Al estar a orillas del Arroyo Maldonado, lo lógico es que fuera sitio de malandrines y de gente de “dudosa moralidad”. Acaso, supongo que para los años ´20 de ese siglo, haya sido uno de los sitios que frecuentaba el guapo El Títere (sí, el del poema de Jorge Luis Borges). Con la pronta llegada de los obreros con sus familias, el Café va dejando de lado su aspecto funesto y pasa a ser más cercano a un Bar concurrido por trabajadores que se detienen allí para “tomarse algo fuerte” y recuperar las fuerzas y la autoestima.

Con nuevos dueños, seguramente, y con el nombre de “Rosedal”, el local toma un cariz más definido hacia, digamos, lo romántico. Se agregan reservados que, para ser más discretos dan hacia Juan B. Justo, y es lugar de encuentro de encantadoras y ocultas citas de parejas.

Llegamos al ´40 y a El Copetín, luego en los ´70 a la parrilla Bariloche. Posteriormente se instala una estación de servicio que fuera cerrada por un problema ya mencionado. Una esquina con tanto movimiento, estimo, a su debido tiempo será reacondicionada y embellecida.

Hoy es una esquina que espera.

 

 Por Eduardo Horacio Bolan

eduardobolan@gmail.com

LEOPOLDO MARECHAL Y LA HISTORIA DE LA CALLE CORRIENTES

 

LEOPOLDO MARECHAL Y LA HISTORIA DE LA CALLE CORRIENTES

   Por Eduardo Horacio Bolan

 Leopoldo Marechal posee una prodigiosa y dilatada producción escrita. Bien es muy conocido como poeta, cuentista, novelista y autor de obras de teatro. Así también supo destacarse como ensayista, acaso, yo diría, acercándose al historiador, aunque esta faceta no es tan percibida como las anteriores.

Su obra “La Historia de la calle Corrientes”, no por ser menos difundida es de menor trascendencia. Es el resultado de una encomienda que le fue propuesta, dado su prestigio.

 

Marechal y un encargo muy especial

A partir de 1931 la calle Corrientes angosta comienza a cambiar su fisonomía, en el momento que José Guerrico, por entonces Intendente de la Capital Federal (1930-1932), da la orden de comenzar el emprendimiento de ensanchar esa calle. Su continuador en esa tarea es Mariano de Vedia y Mitre, que ocupa el cargo de Intendente entre 1932 y 1938, siendo nombrado como tal por el Presidente de la Nación Agustín P. Justo que además de ser político y militar es ingeniero civil habiéndose recibido en la Universidad de Buenos Aires.

La labor desarrollada por de Vedia y Mitre es muy vasta, va, por dar un breve listado, desde la construcción del Hospital Argerich y mejoramientos edilicios de otros nosocomios hasta concluir con el entubado del Arroyo Maldonado en 1936 y el comienzo del emplazamiento, sobre esa faena, de una avenida (Juan B. Justo) que en sus inicios es de tierra. A pesar de esta importante mejora las inundaciones no cesaron hasta principiar el siglo XXI.

Las obras públicas llevadas a cabo por este intendente son numerosas pero, sin ser original en mi elección, la más recordada de este período es la construcción del Obelisco de Buenos Aires (1936), muy criticada en su momento y que hoy es un ícono de la Ciudad.

Para celebrar a la calle Corrientes y a su importancia y tradición porteña, de Vedia y Mitre idea y elabora un homenaje entre histórico, sociológico y literario. Para concretar este proyecto encomienda la redacción de “Historia de la calle Corrientes” a Leopoldo Marechal, que ya por esos años es un reconocido (aun antes de publicar “Adán Buenosayres”) poeta (“Los aguiluchos”, Días como flechas”, “Odas para el hombre y la mujer”) y literato (publica en revistas como “Proa”, “Martín Fierro”, diario “El Mundo”).

Voy a dejar que el mismo Leopoldo Marechal nos comente el encargo que le efectuaron: “En 1936, con motivo del cuarto centenario de la fundación de Buenos Aires por don Pedro de Mendoza, el entonces intendente municipal doctor Mariano de Vedia y Mitre me invitó a escribir una Historia de la calle Corrientes, la cual, aun bajo las piquetas de la demolición, entraba ya en la última etapa de su ensanche.”

Nuestro escritor duda en aceptar este cometido ya que no está dentro de su habitual terreno poético y literario (posteriormente incursionará en lo teatral) donde es reconocido a nivel nacional e internacional. Este pedido se encuentra más delimitado dentro del ensayo y, como el mismo título del libro lo adelanta, de la Historia.

Duda el escritor pero acepta, convencido de que “la calle Corrientes no era para mí, ni para ningún porteño sensitivo, un tema circunstancial, sino algo así como un escenario de familia donde mi adolescencia y mi juventud habían cumplido algunos de sus gestos más vitales.”

“Historia de la calle Corrientes” de Leopoldo Marechal tiene hasta el momento cuatro ediciones. La primera ve la luz en 1937 y es editada por la Municipalidad de Buenos Aires, luego vendrá la de Paidós en 1967 y la de Arrabal en 1995. Por último y por ende la más actual es la realizada por Dunken (2013), edición bilingüe en español e inglés, un anhelo cumplido de María de los Ángeles Marechal, hija del escritor, que asimismo realiza allí una bio-cronología de su padre.

Cada edición tiene su particularidad, lo que la hace especial.

 


   


Un equipo de primera

Para hacer realidad esta obra diferente, según mi opinión, de las que había llevado a cabo en su pluma y de las que concretaría a lo largo de su vida, obtuvo la colaboración de personas con una amplia experiencia en cada uno de sus rubros.

Doy paso a Marechal para que nos lo haga saber: “Invitados amorosamente a la empresa, Guillermo Moores y Alejo González Garaño (dos porteños de ley) colaboraron con valiosos aportes (…) Horacio Coppola fotografió la calle en todo el dramatismo de sus demoliciones y reconstrucciones (…) y Francisco Colombo imprimió la Historia en su taller.”

Esos “valiosos aportes” son contribuciones bibliográficas y de gráficos “sobre todo de don Alejo, que conservaba de la calle finisecular algunos recuerdos personales de gran frescura”, en el decir de Marechal.

Alejo González Garaño (1877-1946), nacido de una familia tradicional de la Ciudad con vivienda desde 1811 en esa misma calle Corrientes (altura 476), es un prestigioso coleccionista de grabados, pinturas, iconografías, litografías, acuarelas, publicaciones de nuestro pasado nacional y colonial. También sabe destacarse como articulista sobre arte argentino en los periódicos de tirada nacional como La Prensa y La Nación. Además es miembro activo de numerosas instituciones, sociedades  y academias de Historia, numismática, antigüedades, Bellas Artes.

Horacio Coppola (1906-2012), emblema de la fotografía argentina, supo vivir en la calle Esmeralda pero su nacimiento se produce en esa misma calle Corrientes al 3060. En sus primeros años de fotógrafo todo despierta su interés y así quedan reflejados diversos sitios barriales, calles y esquinas, trabajadores, azoteas, escaleras, calles empedradas, los otrora típicos carteles publicitarios municipales de color verde, carromatos, sombras de hombres leyendo el diario, los barcos de La Boca, el reflejo en un charco de agua de una vivienda en el barrio de Palermo (esta toma le hizo expresar a J.L. Borges “¡esto es Buenos Aires!”)

No solo Marechal aprovecha del ojo avizor de Coppola, también Jorge Luis Borges lo elige para la primera edición de su libro Evaristo Carriego, donde se luce la foto tomada en Juan Jaurés y Paraguay.

En 1932 Coppola viaja a Berlín. Se inscribe como alumno en la Bauhaus y traba amistad con Walter Peterhans, del Departamento de Fotografía de esa Escuela de Arte y Arquitectura. Allí conoce y comienza un noviazgo con Grete Stern. Ante el implacable avance nazi deciden, Horacio y Grete, dejar atrás Berlín y pasar a Londres. Horacio es incansable y decide viajar por Europa, donde frecuenta los ateliers de Marc Chagall y Joan Miró.

Horacio y Grete se casan y su destino será Buenos Aires donde seguirán observando y retratando desde sus cámaras fotográficas.

Con su Leica, cámara de origen alemán, colgada en su cuello, Coppola camina y plasma la ciudad, sus habitantes y lugares. Uno de los caminos recurrentes lo llevan por la calle Corrientes desde Once hasta Chacarita. Su mirada se vuelve poesía en sus fotos.

Francisco Colombo (1878-1953) aprende el oficio de tipógrafo desde muy joven. Con veinticuatro años instala su propia imprenta en San Antonio de Areco y al establecimiento le da el nombre de “Colón”, acaso como un juego o reconocimiento a su propio apellido. Esto trajo, quizá, cierta confusión sobre qué libros son los editados por él, ya que en algunos colofones figura Colombo y en otros Colón.

Desde 1929 instala una sucursal de sus talleres gráficos en Hortiguera 552 de la Capital Federal. Algunos de los títulos y autores que salen de su imprenta son: “Cuaderno de San Martín” de Borges y “Papeles de recién venido” de Macedonio Fernández, solo un par para no abrumar al lector. Aunque sin duda lo más recordado de la imprenta Colombo son los diferentes libros salidos de su taller con autoría de Ricardo Güiraldes, “Rosaura” (1922), “Xaimaca” (1923) y en especial el resultado del pedido que le llegara en 1926.  Güiraldes le entrega a Colombo los manuscritos de “Don Segundo Sombra” y le encarga una edición de 1.000 ejemplares. Se dice que Colombo, luego de la lectura del primer capítulo, se entusiasma con la calidad de la obra y por su cuenta y orden aumenta la tirada al doble. Al mes de haber salido a  la venta, julio 1926, se agotan los 2.000 ejemplares.

Es el mismo Marechal que corrobora la importancia de Colombo como imprentero “que se había iniciado a lo grande con la edición príncipe de Don Segundo Sombra”.

 

La Historia de la calle Corrientes

Recorramos esta calle hecha libro junto a Marechal a través de las páginas que él considera necesarias, “me propongo trazar una breve historia de la calle Corrientes”.

El compromiso asumido y la elegancia de nuestro autor se manifiestan desde las páginas iniciales. Su pluma es ágil y amena. Da detalles pero no se detiene en explicaciones tediosas. Desde su Introducción y luego capítulo tras capítulo, hasta el consabido Epílogo, va pergeñando su historia.

Asistimos desde la incógnita del primer nombre de la vía, “nada sabemos acerca del nombre que tuvo la calle hasta los comienzos del siglo XVIII”, hasta ser denominada en un documento de 1808 como “calle que pasa por el costado de San Nicolás” Este nombre largo se debe a que en 1729 se había construido, en un terreno que en la actualidad estaría ubicado en Corrientes y Carlos Pelligrini, una iglesia bajo la advocación de San Nicolás de Bari. Con la ampliación de Corrientes, el trazado de la Av. 9 de Julio y la construcción del Obelisco, esta iglesia es demolida y una nueva es construída, con ese nombre, en Av. Santa Fe 1352.

Página tras página visitamos nuestra Historia al asistir al estudio de nuestra vía. Su escasa y por momentos nula importancia en la Reconquista, la Defensa, Revolución de Mayo. Con los patriotas nuestra calle pasa a ser la frontera norte de la Ciudad. En 1812, Bernardino Rivadavia como secretario de Guerra e integrante del Primer Triunvirato ordena “que la bandera celeste y blanca ondease en la torre de San Nicolás”.

“En 1826 los cafés y otros lugares públicos de la calle ya eran teatro de acaloradas disputas”, nos dice Marechal y nos hace  vivir los tiempos de Rivadavia como Presidente, Rosas, Caseros.

“La calle Corrientes, siempre tardía, se benefició también, aunque a la larga: no tuvo, como la de Victoria, el honor de alumbrarse en 1856 con los primeros picos de gas”.

En 1857 la calle, todavía angosta, se va alargando “más allá de Callao”. Casas de familias tradicionales, establecimientos de peluquerías, de farmacias, corralones, cocherías de “cupés y landós del gran mundo”, confiterías, todo esto nos recrea nuestro autor.

No faltan los teatros, los cafés, hoteles y restaurantes y el muy nombrado y renombrado por Marechal “Royal Keller”, un bar nocturno ubicado en un sótano de Corrientes y Esmeralda. Tampoco se olvida del primer ferrocarril argentino cuyos rieles supieron cursar por Corrientes desde Riobamba “hasta el mercado Once de Septiembre” ni de los tramways y sus conductores.

En el Epílogo, Marechal, nos confiesa “que Corrientes fue y continúa siendo “la calle de la noche” (…) un rito nocturnal que tenía su gallo anunciador del fin en el último tranvía Lacroze que nos devolvía, si lo pescábamos, a la lejana Villa Crespo.”

 

Un texto con la fuerza de lo poético, muy propio de Leopoldo Marechal, donde siempre encuentra esa expresión entre certera y elegante.

 

 Por Eduardo Horacio Bolan

eduardobolan@gmail.com

viernes, 4 de junio de 2021

IGNACIO WARNES

 

IGNACIO WARNES

 Por Eduardo Horacio Bolan

Warnes es mucho más que el nombre de una avenida. Recuerda el apellido de un héroe de la Independencia. Hoy, este apellido, tiene presencia en Villa Crespo.

 

Busto realizado por el artista Miguel Warnes

Una familia en el Buenos Aires prerevolucionario

Como era costumbre en esa época, dentro de una familia con cierta holgura económica, al recién nacido lo denominaron con tres nombres y dos apellidos: Ignacio José Javier Warnes García de Zúñiga.

Ignacio nació el 27 de noviembre de 1770 (hay historiadores que plantean fechas diferentes) poco antes de instaurarse el Virreinato del Río de la Plata (1776)

Ya tenía un hermano mayor, Manuel José, también criollo.

Luego vendrían Manuela, Martina y Martín José.

El padre de estos hermanos era un comerciante español Manuel Antonio José Warnes, con orígenes familiares irlandeses, afincado en Buenos Aires que había contraído segundas nupcias con la criolla porteña Ana Jacoba García de Zúñiga.

 

Años turbulentos

El padre Manuel Antonio fue nombrado Alcalde del Cabildo de Buenos Aires en dos oportunidades.

Dos de los hermanos varones, Ignacio y Martín, siguiendo el mandato familiar, tomaron como camino la carrera militar. El mayor (Manuel), seguramente también siguiendo el mandato familiar, tomó los hábitos y se doctoró en teología.

Las hermanas mujeres se casaron con militares.

Manuela Josefa con el general chileno José Joaquín Prieto, que llegaría a ser dos veces Presidente de Chile.

Martina Josefa Celestina contrajo nupcias con el marino español Baltasar Unquera, destacado combatiente en las Invasiones Inglesas.

En 1810, con el estallido de la Revolución, la familia abrazó la causa patriota.

Ana Jacoba García de Zúñiga se encuentra dentro de las catorce mujeres porteñas, en el listado del 30 de mayo de 1812, que donaron dinero (entregó cincuenta pesos fuertes y su hija Martina un anteojo de gran valor) para la compra de armamento para la causa emancipadora. En esa lista de damas de la sociedad también se encuentran entre otras: Tomasa de la Quintana, María Sánchez de Thompson y María de los Remedios de Escalada. No solo en Buenos Aires las mujeres realizaron donaciones sino en todo el territorio de lo que en la actualidad es la República Argentina y no solo dinero, sino todo tipo de pertenencias, también su tiempo y su vida. En nuestra historia nacional se las recuerda como Patricias Argentinas.

Además de dinero, Ana García de Zúñiga Warnes, también debió ceder a la Patria naciente a sus cinco hijos. Cada uno de ellos tuvo un destino diferente; en el que nos ocupa, trágico aunque con gloria.

 

Caminos militares y del Señor

Martín  José, el más joven de los cinco hermanos (nace en 1786) después de su aprendizaje como guardiamarina en Cádiz participa combatiendo contra Napoleón en su invasión a España, aunque no hay registros que haya peleado en la batalla de Trafalgar como algunos historiadores sostienen. Cae prisionero de los franceses y con el tiempo logra fugarse. En 1816 renuncia a su juramento a la corona española y viaja a su Buenos Aires natal para adherir a la causa emancipadora. A su llegada, José de San Martín lo solicita a las autoridades porteñas para que se incorpore al Ejercito de los Andes. Allí lo destinan, y combate junto a San Martín en Talcahuano, Cancha Rayada y Maipú. Desde Valparaíso acompaña a San Martín al Perú.

El sacerdote es trasladado al presbiterado de la Catedral de Córdoba y luego pasa a desempeñarse en el curato de San Nicolás de los Arroyos. En esa función, en 1811, es acusado de no simpatizar con la causa patriota y es separado. Los cargos presentados contra el Padre Manuel Warnes no son muy claros ni contundentes. El sacerdote Warnes debe recurrir a Manuel Belgrano para que interceda a su favor. De esta manera es restituído en el curato. En 1815 se traslada a la parroquia de San José de Flores (recordemos que esta parroquia junto a la de Belgrano serían incorporadas a la Ciudad de Buenos Aires en 1880  con la Ley de Capitalización).

 

IGNACIO WARNES

De los hermanos Warnes, dejando de lado al sacerdote Manuel, es el único que no pudo disfrutar de una relación amorosa estable, algo parecida a lo vivido por Manuel Belgrano, su jefe, su compañero y amigo.

Algunos historiadores aseguran, aunque no todos, que tuvo una hija con Micaela Montero Vaca a la cual llamaron Manuela Antonia. Ambas, madre e hija, conocieron el desamparo y hasta la cárcel luego de la muerte en batalla de Ignacio.

Su carrera militar estuvo signada por el sacrificio con gloria. En octubre de 1791 ya es cadete en el Regimiento de Infantería de Buenos Aires. Pasa a la Banda Oriental y obtiene en 1795 el cargo de Subteniente y alférez de Caballería en los Blandengues de Montevideo, creado para luchar contra el bandidaje, para defender la frontera lindante con los portugueses y bandeirantes y para combatir el contrabando. En 1803 ya es Teniente de Caballería. Participa en las Invasiones Inglesas.

En junio de 1809, en plena efervescencia prerevolucionaria, solicita el retiro del ejército Real de la Corona española, aduce hemoptisis (expulsión de sangre al toser o en las flemas).

La suerte está marcada, adhiere a la incipiente Revolución que ya está en la mente de los patriotas.

El entonces Coronel Manuel Belgrano lo incorpora a su expedición al Paraguay (setiembre 1810). Allí lo acompaña en el combate de Campichuelo y en las derrotas de Paraguarí y Tacuarí, donde, quizá, escuchó el redoble del tambor del niño Pedro Ríos (el Tambor de Tacuarí).

Warnes es tomado prisionero. Al ser liberado es reclamado nuevamente por Belgrano para su expedición al Norte, en la llamada Segunda Campaña Auxiliadora al Alto Perú (1812). Warnes ya es Teniente Coronel y Belgrano General. Interviene en las victorias de las batallas de Tucumán y Salta. Por su actuación es ascendido al grado de Coronel de infantería y Belgrano lo nombra su Ayudante. Luego vinieron las derrotas de Vilcapugio y Ayohuma (con la valerosa actuación del grupo de mujeres recordadas como las “Niñas de Ayohuma”).

Ante la retirada del ejército emancipador, Belgrano destaca a Ignacio Warnes a Santa Cruz de la Sierra (actualmente ciudad perteneciente a Bolivia) como Gobernador Intendente.

En Santa Cruz de la Sierra, Warnes, reorganiza sus tropas y trabaja él mismo en los talleres que había instalado para fabricar armamento y municiones. Luego de un revés militar da batalla a los realistas en La Florida. Con gran habilidad militar, Warnes junto a Juan Antonio Álvarez de Arenales y el cruceño José Manuel Mercado (el Colorao) derrotan a las tropas de la Corona.

Retrato de Ignacio Warnes (autor anónimo)
         No ha quedado registro certero ni del rostro ni de la contextura física de Ignacio Warnes

Esta gesta sirve de alivio a las autoridades de las Provincias  del Río de la Plata, con sede en Buenos Aires, ya que detuvo el avance que estaban preparando los realistas.

La batalla de La Florida se da el 25 de mayo de 1814, fecha emblemática para la emancipación americana ya que recordaba al levantamiento popular contra la Corona española en 1809 en Chuquisaca (hoy ciudad Sucre, Bolivia) y a la Revolución del 25 de Mayo de 1810 en Buenos Aires.

 

Particularidades de combatientes (no por haber nacido en…)

Como muchos nacidos en España adhirieron a los ideales emancipadores, otros, nacidos en América empuñaron las armas a favor de la Corona española.

En el primer caso se puede mencionar a Juan Antonio Álvarez de Arenales. Nacido en Reinoso (Burgos), España, al llegar a costas americanas adhirió al movimiento independentista. Peleó en Perú bajo las órdenes de José de San Martín y hasta se dice, no hay documentos que lo avalen, intentó infructuosamente que San Martín y Simón Bolívar llegaran a un entendimiento antes de la llamada Entrevista de Guayaquil (1822). Llegó a ser gobernador de Salta y un nieto suyo, José Evaristo Uriburu, alcanzó el grado de Presidente de la República Argentina (1895-1898)

En el sector opuesto, los criollos que pelearon bravamente a favor del Rey, se encuentra José Manuel de Goyeneche y Barreda. Había nacido en Arequipa, Perú, aunque educado en la península. Combatió con éxito contra los patriotas en la batalla de Huaqui (1811).

 

La batalla de El Pari

Al poco tiempo de la victoria de La Florida, Warnes vuelve a derrotar a los realistas en Santa Bárbara (1815).

El ejército de la Corona se reagrupa, no da tregua, la orden es eliminar al “formidable Warnes” y recuperar Santa Cruz de la Sierra para el Rey.

El 21 de noviembre de 1816 se da un nuevo encuentro bélico, que será el último de Ignacio Warnes. En total son tres mil combatientes, 1.200 son patriotas. La lucha se vuelve feroz, se combate cuerpo a cuerpo sin respiro. La orden debe cumplirse.

Warnes, como es su costumbre, se encuentra al frente de sus soldados y hace propia la arenga que siempre les imparte antes de cada contienda: “A vencer o morir con gloria. Viva la Patria”. Una bala lo hiere en una pierna, una bala de cañón impacta en su caballo, sobre el cual está montado sable en mano. No puede moverse, su caballo lo oprime. Es la oportunidad, arremeten contra él. Una bayoneta calada lo hiere en el pecho y recibe un disparo a quemaropa en la cabeza. La misión está cumplida. Le cercenan la cabeza y la exhiben como trofeo.

El ejército patriota, ya sin jefe, se desorienta. Los realistas recuperan Santa Cruz de la Sierra. De aquellos tres mil combatientes solo quedan en pie poco más de quinientos. Se señala que es la batalla más sangrienta de la Guerra de Independencia.

 

Informe de Belgrano y su dolor

El general Belgrano informa a Juan Martín de Pueyrredón, Director Supremo de las Provincias Unidas sobre la muerte en acción del coronel Ignacio Warnes: “El parte que me da el oficial José Manuel Mercado (…) nos saca de la incertidumbre y perplejidad con respecto del coronel Ignacio Warnes. Me avisa que el 21 de noviembre del año último, al cerrarse la tarde, en acción sangrienta con el enemigo, arrojó aquel una bala de cañón y con ella la muerte al expresado coronel.” (Fechado 3 de julio de 1817).

A pesar de la certidumbre expresada por Belgrano, Buenos Aires no cree que todo terminó y a un año de los acontecimientos de El Pari, Matías de Irigoyen, de destacada actuación en la Revolución de Mayo, le contesta por carta a Doña Ana García de Zúñiga y Warnes ante un pedido de la madre de Ignacio: “Aunque las noticias dadas por algunos emigrados (…) anuncian el fallecimiento del Coronel Don Ignacio Warnes, nada se sabe oficialmente y de modo positivo.” (Fechado 19 de noviembre de 1817)

Es Manuel Belgrano el encargado de terminar con un estado de  angustia y desconcierto de una madre para dar paso a la angustia de la realidad: “Muy señora mía: dudé mucho tiempo de la suerte de nuestro Ignacio y hasta que por conducto fidedigno no supe la gloria con que cubrió su carrera no quería creer que Ud. y la Patria hubiesen perdido un hijo tan digno y yo un verdadero amigo.” (Carta a Doña Ana García de Zúñiga y Warnes, fechada en Tucumán,  el  10 de enero de 1818).

 

Reconocimiento de la historiografía cruceña

Los habitantes de Santa Cruz de la Sierra y la historiografía cruceña han dado un lugar de privilegio a Ignacio Warnes. Siguiendo lo detallado por la historiadora Yngrid Vespa Adomeit (diplomada en Historia y Estudios del Oriente Boliviano –Universidad Privada de Santa Cruz-, Dama de Honor de la Academia Belgraniana de la República Argentina) sabemos la suerte que acompañó la cabeza separada del cuerpo del coronel Warnes:

“Mientras Ana Barba, con argucias distraía la atención del centinela, José Manuel Vaca “Cañoto” y Francisco Ribero, con un palo y un lienzo, rescataban la cabeza del héroe. Ana Barba la escondió como un tesoro hasta que se proclamó la libertad en Santa Cruz, en febrero de 1825.”

Desde 1920 en el mismo lugar donde se expuso la cabeza cercenada se alza una estatua en bronce de Ignacio Warnes.

 

El apellido Warnes en Villa Crespo

Además de la avenida que recuerda al héroe de la Independencia, el apellido Warnes está presente en el barrio de Villa Crespo por medio de un descendiente de aquella familia.

Miguel R. Warnes nació en San Miguel de Tucumán el 29 de setiembre de 1939. A sus veinticinco años decidió dar un salto en su vida y recaló en la Ciudad de Buenos Aires. Aquí decidió desarrollar con plena libertad lo poético, lo que sentía. Ese sentimiento lo llevó a potenciar su veta de artista plástico, de escritor, de poeta y también de americanista.

Para ganarse el pan diario dio rienda suelta a su vocación docente. Al mismo tiempo exponía su obra, tanto pictórica como escultórica.

Muchos son sus trabajos pero aquí quiero resaltar el busto que realizara en homenaje a Ignacio. No quedaron registros fidedignos de cómo era el héroe y mucho menos la expresión de su rostro. Si bien circula un óleo sobre tela de autor anónimo, Miguel Warnes creyó conveniente realizar su propia obra donde combinara fisonomía con personalidad, encuadrado dentro de los ideales patrióticos, tales como predisposición y temple. En el año 2002 el busto de Ignacio, realizado por Miguel Warnes, fue develado en la plaza Bolivia (Av. del libertador y Olleros, Ciudad de Buenos Aires).

Miguel R. Warnes, desde 1979, vive y desarrolla su arte en Villa Crespo, es nuestro vecino.


eduardobolan@gmail.com

 

 

 

jueves, 9 de julio de 2020

UNA (MUY) BREVE HISTORIA DE LOS NOMBRES DE UNA AVENIDA (Segunda parte)


UNA (MUY) BREVE HISTORIA DE LOS NOMBRES DE UNA AVENIDA
(Segunda parte)

Por Eduardo Horacio Bolan

Comienza en Villa Crespo, cruza la Av. Córdoba (en este tramo su denominación anterior era Rivera) y se adentra en territorio de Palermo, donde concluye su recorrido. A mediados del siglo XIX el nombre de esta arteria era “Ministro inglés” por la cercanía de la quinta propiedad de Mr. Henry Southern, diplomático británico que firmara en 1849 el tratado Arana- Southern, en el cual se reconocía la navegabilidad de los ríos Paraná y Uruguay bajo las leyes de la Confederación Argentina.
Por Ordenanza de 1893 su denominación pasa a ser ”Canning”, en honor a George Canning, ministro de asuntos exteriores británico. Gran Bretaña fue el primer gobierno europeo en reconocer nuestra  independencia y el primero en registrar un país sudamericano como independiente.

Cambio de gobiernos, cambio de nombres
Con el advenimiento de un gobierno constitucional (25 de mayo de 1973), tras años de regímenes de facto, el Intendente de la Capital Federal volvió a ser elegido por el Presidente de la Nación con acuerdo con el Senado y del Concejo Deliberante de la Ciudad.
Con un gobierno “nacional y popular” se consideró indispensable que esta avenida fuera renombrada precisamente con el nombre de alguien que había combatido con su pensamiento y con sus escritos al imperialismo británico.
Por Ordenanza Nº 29.014 del año 1974, siendo intendente el general retirado José Embrioni (1906-1996) la avenida pasó a llamarse Raúl Scalabrini Ortiz.
Tras la destitución de la Presidenta constitucional María Estela Martínez de Perón (1976) el intendente de la Capital Federal volvió a ser designado por el usurpador gobierno de facto.
Por Ordenanza Nº 32.906 de 1976, intendencia de Osvaldo Andrés Cacciatore, se restituyó el nombre de “Canning” a la avenida.
Con el nuevo advenimiento de la Democracia y por Decreto Nº 148 del 29 de diciembre de 1984, intendente Julio César Saguier (UCR), vuelve a restablecerse el nombre de Raúl Scalbrini Ortiz.

Raúl Scalabrini Ortiz, el hombre detrás del nombre
Quien llegara a ser un pensador, escritor, periodista, ensayista, nace en Corrientes, ciudad capital de la provincia homónima en 1898.
Su padre, Pedro, había llegado de su Italia natal y se radica en Entre Ríos. Allí conoce a Ernestina Ortiz, con la que se casa y se mudan a Corrientes.
De esta unión nace Raúl el 14 de febrero de 1898. Al igual que su padre, siente afición por las ciencias naturales.
Es enviado a la Capital Federal para perfeccionarse y se inscribe en la Facultad de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales de Buenos Aires. Se recibe de agrimensor y ya en 1918 publica un libro sobre un tema de su especialidad “Errores que afectan a la taquimetría”.
Para ganarse el sustento trabaja en la Dirección de Puertos.
Observador agudo, su interés por las letras y la escritura lo lleva a publicar un nuevo libro bajo el título de “La Manga”, esta vez centra su mirada en los ambientes y costumbres porteñas bajo el formato de cuentos. Es el año 1923.
Atrás queda el primer gobierno del radical Hipólito Yrigoyen, elegido por la Ley Sáenz Peña con el voto secreto y obligatorio para electores varones. Le sucede otro radical Marcelo Torcuato de Alvear.
Dedicado puramente a su nueva pasión, las letras, deja de lado su profesión original y comienza un camino como periodista en el diario “La Nación”. Lo hará entre 1926 y 1930. También escribe artículos para la revista “El Hogar”.
Se decepciona con la nueva elección como Presidente de Hipólito Yrigoyen, quien sucede en la presidencia de la Nación a Alvear en 1928.
Disgustado con el cariz que toma este nuevo gobierno de Yrigoyen toma partido con los civiles que exigen su dimisión y participa con su voz en el golpe de Estado de 1930.
Son momentos muy difíciles para el país, desde lo militar y lo civil hay facciones que apoyan a Hipólito Yrigoyen y hay otras que lo denostan y toman la acción para destituir al Presidente. Entre tantos otros, Juan Domingo Perón (1895-1974) participa en lo militar acompañando a los oficiales "justistas" (seguidores de Agustín P. Justo), como el Gral. José María Sarobe y el Tte. Cnel. Bartolomé Descalzo, contrarios al Gral. José Félix Uriburu. Desde lo civil lo hace Raúl Scalabrini Ortiz.

Raúl Scalabrini Ortiz

Pensamiento nacionalista
Muy pronto se siente desalentado por el gobierno golpista del general José Félix Uriburu.
Scalabrini Ortiz deja su trabajo en “La Nación” y se incorpora a “Noticias Gráficas” más afín a criticar al nuevo gobierno usurpador de la voluntad de los votantes.
También se dedica a escribir un  nuevo libro, el cual es editado en 1931, “El hombre que está solo y espera”, con el cual obtiene el Premio Municipal y el reconocimiento de la intelectualidad del momento.


Su crítica a la dictadura se transforma en pasión, lo cual lo lleva a apoyar decididamente las intentonas revolucionarias de los radicales entre 1931 a 1933. Participa activamente en 1933 bajo el mando del teniente coronel Gregorio Pomar contra el gobierno de Agustín Pedro Justo, elegido mediante fraude y proscripciones. La sublevación es sofocada y Scalabrini Ortiz conoce la cárcel y luego el destierro.
Va a Italia y luego pasa a Alemania. Allí profundiza su pensamiento antibritánico.
Al año siguiente, 1934, regresa al país, todavía con Justo en el gobierno.
Sigue escribiendo artículos periodísticos, esta vez en “Señales” (1935).
Con su retorno al país se acerca al grupo de “FORJA” (Fuerza de Orientación radical de la Joven Argentina). Esta agrupación era dirigida por el abogado Juan Bautista Fleitas, quien había ejercido el Ministerio de Agricultura y Ganadería de la Nación durante la segunda presidencia de Yrigoyen (1928-1930).
Allí militan otros jóvenes decididos e intelectuales de su edad como Arturo Jaureche, Gabriel del Mazo, el abogado Jorge del Río; también más jóvenes, tal el caso de Homero Manzi y también hombres de edad madura como el ingeniero y militar Luis Dellepiane.
Esta agrupación realiza actos callejeros y se reúne en el sótano  de Lavalle 1725. De allí surgirán los “Cuadernos de FORJA”.
Raúl Scalabrini Ortiz escribe en esos Cuadernos sus más reconocidos títulos producto de su pensamiento nacionalista: “Política Británica en el Río de la Plata” (1936), “Historia del primer empréstito argentino” (1939).


Luego, en 1940, vendrá el libro “Historia de los ferrocarriles argentinos” y muchos más, siempre orientados a la conciencia nacional antiimperialista.
En 1943 renuncia a FORJA por diferencias ideológicas del momento, ya que la agrupación apoya al GOU (Grupo Oficiales Unidos) y a la Revolución del 4 de junio de ese año.
En cierto modo sí apoya el comienzo del peronismo. Le acerca ideas para nacionalizar el ferrocarril pero nunca acepta cargos en el gobierno.
Se opone a la Revolución Libertadora (1955) que le clausura su diario “El Líder” por sus continuas críticas.
Fallece en la Ciudad de Buenos Aires el 30 de mayo de 1959, luego de una intensa y batalladora vida.




               



UNA (MUY) BREVE HISTORIA DE LOS NOMBRES DE UNA AVENIDA (Primera parte)

UNA (MUY) BREVE HISTORIA DE LOS NOMBRES DE UNA  AVENIDA
(Primera parte)

Por Eduardo Horacio Bolan

Pasó por varias denominaciones, inclusive hubo que colocarle dos veces la misma designación aunque muchos vecinos aun la llaman con su nombre anterior. Es la Avenida Raúl Scalabrini Ortiz.

En épocas de caminos de tierra
Lo que hoy es Villa Crespo y hacia 1880, cuando el actual barrio era considerado paraje, la vista que ofrecía a los pocos habitantes y a los esporádicos visitantes era de quintas, zanjas, potreros, lagunas, bañados, algún camino de tierra, hornos de ladrillos (donde se realizaran el material para la base con que se construyera la Catedral de Buenos Aires).
Lugar mayormente silencioso, era interrumpida esa tranquilidad por el ruido de los tramways y sus cornetas.
Toda intersección importante de calles, tomando como eje la Av. Corrientes, disponían, aun en la centuria del siglo XIX, de establecimientos para destacar tales como almacenes o las llamadas pulperías, como el caso de Centro América (hoy Av. Pueyrredón desde diciembre de 1902), Bermejo (hoy Jean Jaurès desde noviembre de 1919), Chubut (luego denominada 3º Gaona y hoy Av. Ángel Gallardo).
En el actual Villa Crespo en el cruce entre Triunvirato (Av. Corrientes) y la hoy Av. Scalabrini Ortiz, en los lejanos años de la época de Juan Manuel de Rosas, se encontraba la Pulpería  de Tachella. Lugar de reunión de boyeros, allí se acercaban los carreteros con sus caballos y mercancía y de vez en cuando los soldados del Quinto Regimiento de Caballería, los Colorados del Monte, milicia creada y sostenida por el Gobernador Rosas.
Todavía no era avenida la actual Raúl Scalabrini Ortiz pero ya se vislumbraba como una arteria importante y tenía su propio nombre.

Ministro inglés
En los orígenes de lo que sería el trazado de calles de los barrios alejados del centro porteño (el Cabildo, la Catedral, San Telmo) el nombre de la actual Raúl Scalabrini Ortiz era Ministro inglés.
Su denominación hace referencia a Henry Southern, representante diplomático en estas tierras de Su Majestad del, hoy, Reino Unido.
Nacido en York (ciudad de Inglaterra) en 1814, Henry Southern, siendo joven se dedica a ser periodista, editor y escritor para luego ser enviado a España como secretario del embajador británico en España.
Con 33 años, en 1847, es designado como diplomático británico en Buenos Aires. Presenta sus credenciales ante las autoridades de la Confederación Argentina pero el gobernador de Buenos Aires (encargado de las Relaciones exteriores) Juan Manuel de Rosas no se las acepta ya que son los tiempos del bloqueo anglo-francés y en el juego político hay muchas cuestiones que resolver.
Southern, diplomático y conocedor del idioma español, elige no confrontar y solicita habitar en tierras argentinas.
Pasa a residir en un terreno, con una superficie de alrededor de diez manzanas, lindando con el Camino de Moreno (hoy Av. Warnes) y en un sector con vista al Arroyo Maldonado (la idea generalizada es que el Arroyo, hoy entubado, corre debajo de la Av. Juan B. Justo, pero no es así, el curso del Maldonado es más amplio que el de la avenida).
La quinta de Henry Southern estaba ubicada muy cerca de los terrenos de la familia Nazar.
La difícil cuestión diplomática es zanjada con la firma del tratado Arana-Southern (1849) donde Rosas logra que Gran Bretaña reconozca que la navegación de los ríos Paraná y Uruguay fuera bajo las leyes de la Confederación y otras cuestiones sobre la guerra civil en Uruguay.

Southern fallece en 1853 como diplomático en Río de Janeiro.



Canning
Por Ordenanza del 27 de noviembre de 1893 se deja de lado la denominación de Ministro inglés y se la renombra Canning, en honor a George Canning (1770-1827)
De profesión abogado pronto incursiona en la  política británica dentro del Ministerio de Relaciones Exteriores. Desde allí propicia la Independencia de los nuevos estados americanos aunque, como bien señalara el Encargado de Negocios norteamericano Forbes, “Gran Bretaña solo persigue ventajas para sí misma”.
El 2 de febrero de 1825 se firma el “Tratado de Amistad, Comercio y Navegación entre Gran Bretaña y las Provincias Unidas del Río de la Plata”.
Del lado británico firma el cónsul Parish y Manuel José García por el gobierno de las Provincias Unidas.
En la práctica Gran Bretaña reconocía la Independencia de lo que hoy es la República Argentina, siendo la primera colonia española en América en ser reconocida como independiente por parte de la corona británica.
Luego vendrá el apoyo de Canning a la Gran Colombia, aunque finalmente esta idea de gran nación se disolviera hacia 1830 por diferencias irreconciliables de los diversos países que la componían.

Canning fallece en 1827 ocupando el cargo de Primer Ministro.

  George Canning



Se afincan nuevas colectividades en la Av. Canning
En relación a la población del barrio Villa Crespo, a principios del siglo XX y en sus décadas iniciales, a las primitivas colectividades de italianos y españoles se le incorporaron las de sirios libaneses e inmigrantes de religión hebraica, al mismo tiempo que muchas otras.
Con respecto a la Av. Canning, en su tramo entre Triunvirato (hoy Av. Corrientes) hasta la Av. Córdoba, en general siempre hay particularidades, los israelitas abrieron sus negocios de venta de artículos textiles mientras que la corriente sirio libanesa instaló sus negocios alrededor de la Av. Canning al 800.
La mayoría de los nuevos inmigrantes tenían el negocio al frente y sus viviendas en la parte posterior.
La colectividad armenia, reitero expresando características generales, se hizo presente pasando la Av. Córdoba ya en el barrio de Palermo.

Cambio de gobierno y cambio de denominación

En 1974 con un gobierno “nacional y popular” el Intendente de la Capital Federal cambia el nombre de Canning por el de Raúl Scalabrini Ortiz, intelectual y hombre de acción ferviente adversario del imperialismo británico.
  Raúl Scalbrini Ortiz

Pero los renombres de esta avenida no iban a quedar ahí, la historia de las denominaciones de esta avenida tendrá dos vueltas más aunque siempre su eje relacionado con el imperio británico.