miércoles, 6 de julio de 2022

BREVES Y CON ENCANTO

 BREVES Y CON ENCANTO

 Por Eduardo Horacio Bolan

 

La Ciudad de Buenos Aires fue diseñada en forma de damero pero las necesidades urbanísticas y de vivienda hizo que algunas de sus cuadrículas fueran atravesadas de formas y características particulares. Son los pasajes.

 

Las callecitas de Buenos Aires

“Las tardecitas de Buenos Aires tiene ese qué sé yo, ¿viste?”, este primer verso del poema “Balada para un loco” del escritor y poeta Horacio Ferrer, musicalizado por Astor Piazzolla, nos bien predispone para reemplazar tardecitas por callecitas. La paráfrasis quedaría: “Las callecitas de Buenos Aires tiene ese qué sé yo, ¿viste?”

“Salís de tu casa por (…), lo de siempre, en la calle y en vos”, rellenen el nombre que corresponda a cada posible lector con el de sus respectivas viviendas, en esta segunda línea o verso de la estrofa de “Balada…”, y allí habrá fascinación y deleite. La calle y vos.

 

Reminiscencia española

La Ciudad de Buenos Aires, como urbe colonial de la Corona española, fue construída según las normas de las Leyes de India, por lo tanto con un trazado cuadricular, en forma de damero, como el tablero del juego de damas.

La necesidad fue superando lo reglado y con el avance de los años y el aumento de habitantes hizo que debieran construirse más viviendas y fue menester achicar algunas de ellas para dar paso a otras muchas escondidas a mitad de la cuadra. Los pasajes.

 

Nombres para lugares con encanto

Poseen una fascinación propia. Los solemos llamar pasajes, cortadas, y hasta con la más sombría denominación de callejones.

Podemos encontrarlos en la mayoría de los barrios porteños.

Hay gran variedad de pasajes. Los hay de varios formatos  que podemos representarlos con letras tales como la “I”, con entrada por una calle y salida por otra paralela, que es más habitual, así como “L”, “U”, y hasta con formato de “X”. También los que nos sorprenden sin una salida, son las denominadas cortadas, o “callejón sin salida” o cul de sac (culo de bolsa), algo sin salida.

Los hay públicos y privados. Para uso de vivienda familiar, de oficinas o comercial. Peatonales, los que permiten vehículos, los mixtos. Los que son peatonales pero no para cualquiera, ya que una reja, por ejemplo, no permite la entrada para el paseante ocasional.

A cielo abierto, cubiertos, especies de galerías. Estilo museo.

Los que están y los que solo podemos encontrarlos en crónicas antiguas o en nuestro recuerdo.

Estos pasajes o como gusten denominarlos tiene su definición urbanística que se puede acotar a “paso a dos calles”, o simplemente “sitios o lugares donde se pasa”.

Paseemos, miremos y veamos.

 

Estilo museo

El emblemático es Caminito, en La Boca.

Cuando el Ferrocarril del Sud, luego renombrado General Roca, deja de funcionar son levantadas sus vías (1954) y algunas zonas de su trayectoria boquense quedan abandonadas. A instancias del pintor Benito Quinquela Martín (1890-1977) y otros destacados vecinos, ese paraje curvo es transferido a la Municipalidad de Buenos Aires (1958). Surge así un pasaje peatonal a cielo abierto hecho Museo.

Otro con similares características es el Pasaje Amigos de las Artes, ubicado en el barrio de Villa Luro.

 

En forma de “U”

Es el Pasaje de la Piedad. Nace en Bartolomé Mitre 1573 y luego de un recorrido en “U” invertida finaliza su trayecto en la misma calle de Bartolomé Mitre pero al 1525. Precisamente la arteria Bartolomé Mitre (llamada así desde 1901) anteriormente fue designada como de la Piedad (desde 1769)

Ha sido escenario de varias películas argentinas, desde las tangueras “Pobre mi madre querida” (1948) con dirección de Homero Manzi y la interpretación de Hugo del Carril, “Mi noche triste” (1952) dirigida por Lucas Demare,  hasta “El infierno tan temido” (1980) de Raúl de la Torre, con las actuaciones de Graciela Borges y Alberto de Mendoza y varios films más.

Jorge Luis Borges solía visitar en este pasaje a las hijas de José Ingenieros que vivían en uno de los departamentos.

 

Pasajes cubiertos con estructura de galerías

Como no tener presente al Pasaje Barolo, ubicado en el barrio de Monserrat (el Centro no es un barrio) con su trayectoria desde Avenida de Mayo 1370 hasta Hipólito Yrigoyen al 1373. Cada rincón tiene su sentido y está poblado de mitos y leyendas.

El arquitecto italiano Mario Palanti (1885-1979) recibe el encargo de otro de sus coterráneos, Luigi Barolo, para llevar adelante una construcción para albergar los restos de Dante Alighieri, autor de La Divina Comedia.

El resultado es la obra arquitectónica que podemos admirar desde su inauguración en 1923. Barolo fallece un año antes y no pudo ver la obra terminada. Los restos de Dante nunca llegaron…

El Pasaje Güemes también es otro buen ejemplo con estas características, cubierto y dentro de una galería. Localizado en el barrio de San Nicolás (reitero, el Centro no es un barrio). Posee dos entradas, una por la arteria peatonal Florida y otra por San Martín. Data su inauguración del año 1915. El proyecto fue ideado por el que fuera gobernador de Salta entre 1904-1906, David Ovejero.

El Pasaje Galerías Pacífico es construido entre 1890 y 1896. Es un pasaje diferente ya que la construcción ocupa toda la manzana comprendida entre Av. Córdoba, Florida, Viamonte y San Martín, con entradas y salidas varias. En sus comienzos es sede de las grandes tiendas Le Bon Marché. El Ferrocarril Pacífico, luego renombrado General San Martín, instala allí sus oficinas en1908. En un lugar tan amplio no puede faltar el sector para viviendas, las mismas se ubican en el sector de las calles Viamonte y San Martín. Décadas tras décadas se integran y desaparecen organismos, hasta que el lugar presenta un estado de abandono. Desde 1945 se decide que los muros de la cúpula central sean decorados por grandes artistas, tales como Antonio Berni, Luis Spilimbergo, Juan Carlos Castagnino, Carlos Alonso, entre varios pintores más. Es relanzado y desde 1992 es declarado Monumento Histórico Nacional.

 

En forma de “X”

Es el Pasaje Butteler, en Parque Chacabuco. Ocupa la manzana comprendida por Cobo, Av. La Plata, Zelarrayán y Senillosa. El lugar, a simple vista, tiene la apariencia de ser cuatro pasajes, pero tiene una unidad que lo hace ser un pasaje y es la determinada por la numeración del 1 al 99. Consta de 64 viviendas, cada una con dos ambientes y patio. En su centro presenta la Plazoleta Santos Discépolo, por algunos conocida como Plazoleta Escondida.

Su denominación es para homenajear a Azucena Butteler, quien donó el terreno para estas construcciones y que en su momento fueron destinadas para vivienda obrera.

 

Pasajes en Villa Crespo

Este barrio presenta varios pasajes públicos, a cielo abierto y con forma de de “I”

En la lista se ubican:

Villafañe, llamado así por Benjamín Villafañe (1819-1893), militar y político argentino. Fue Gobernador de su provincia natal, Tucumán. La calle nace en Sunchales al 649 y concluye su trazado en Casafoust al 642.

El alfabeto, esta denominación surge en 1925. Inicia su breve recorrido desde Remedios de Escala de San Martín al 549 y termina en la Av. Juan B. Justo al 3350.

Murcia, denominado así en honor a la región y ciudad de España con ese nombre. Nace en Luis Viale 431 y acaba su tramo en Galicia 460.

Cañuelas, llamado así desde 1933, antes su denominación fue Tte. Cnel. Escolástico Magán. La denominación surge por el Partido y ciudad de la Provincia de Buenos Aires, quizá se deba ampliar el por qué de su nombre a que allí se realiza la firma  del Tratado de Cañuelas (1829) entre Lavalle y Rosas. Va desde Murillo 1049 hasta Padilla 1050.

Del Parque, ubicado entre Mahatma Gandhi 551 y Antezana 250. Recuerda a la Plaza del Parque (actualmente Plaza Lavalle) ya que allí se había instalado en 1822 un parque de artillería con depósito de pólvora.

Pasaje Mangiante

Se encuentra dentro de las categorías pasaje privado, al aire libre, desaparecido.

Foto del pasaje Mangiante en la década de 1970


Recuerda a Ángel Mangiante. No se conocen datos personales de este inmigrante italiano que se afincó en el barrio de Villa Crespo, todo hace suponer, entre fines del siglo XIX y comienzos del XX. Dueño de un almacén con entrada por Camargo 602, esquina Malabia.

El Anuario Kraft de 1913 Tomo I correspondiente a Capital Federal corrobora este dato. En la sección “Buenos Aires por órden alfabético” (escrito según la ortografía de la época) consta “Mangiante, Angel, almacén, Camargo 602”.

Listado de los Mangiantes y sus ocupaciones en 1913


Fue un pasaje con entrada por Camargo 569, sin salida. En realidad consistía en un pasaje privado o, como dejó escrito Cayetano Francavilla en su “Historia de Villa Crespo” (1978) refiriéndose al pasaje Mangiante: “Esto no es una calle, ni siquiera un pasaje; es solo un gran patio interior llamado Mangiante en homenaje al ilustre vecino que construyó este añejo edificio (…)”

No hay exactitud en considerar que estos lotes de Camargo al 500 eran propiedad de los Mangiante o si el pasaje fue denominado de esa manera en memoria y reconocimiento hacia Ángel Mangiante.

Muchos recuerdan a este pasaje por los torneos de ajedrez que allí se llevaban a cabo, es más, hay quien aventura que allí se acercó el gran Robert “Bobby” Fischer (1943-2008) cuando participaba en el Torneo Internacional de Buenos Aires 1970. No he encontrado registro de esa visita y si aconteció considero como más creíble que haya sucedido en la segunda visita al país (la primera fue en 1959 donde asistió a un torneo en Mar del Plata) que nos hiciera en 1960 cuando él contaba con 16 años y todavía era más fácil de llevarlo de un lugar a otro. En 1970 ya era muy reconocido y su visita no hubiera pasado desapercibida. Mucho más cuando le ganó al gran maestro Tigran Petrossian en el Torneo de Candidatos que se desarrolló en el Teatro General San Martín en 1971.  Por esos años el ajedrez fue furor en Buenos Aires.

Lo que sí existen registros es que a este pasaje muchos lo conocían como el Pasaje del Ajedrez. Es porque en una de sus viviendas tuvo su sede en 1970 el Círculo de Ajedrez de Villa Crespo.

Vista del pasaje desaparecido


Sin duda alguna el pasaje Mangiante será recordado porque en una de sus viviendas habitaba la familia Bernardo. Papá José María, mamá María Jiménez y sus ocho hijos. Al quinto vástago del matrimonio le pusieron el nombre de Francisca Cruz. Al cabo de pocos años será conocida como Paquita Bernardo, la “Flor de Villa Crespo”. Su fecha de nacimiento fue el 1º de mayo de 1900 y muy pronto se despertó en ella la pasión por la música. La consabida inicial oposición paterna, propia de la época, fue torcida por la firme posición de sus hermanos varones que la alentaron y convencieron al padre. Si le gusta la música, pudo haber expresado el padre, que estudie piano. Pero el gran amor musical de Paquita era para con el bandoneón. Nueva oposición paterna. Acaso dijera algo parecido a ¡cómo mi hija va a abrir sus piernas porque así lo exige el uso de ese instrumento, jamás, es inadmisible!, y nueva postura de sus hermanos a favor de la decisión de Francisca. Papá José fue convencido con la condición de que fuera siempre acompañada por Aurelio, uno de los hermanos y gran aliado de Paquita, y llevada en taxi a todos lados, ida y vuelta, por Enrique, otro de sus hermanos, que trabajaba de taxista.

Luego de sus estudios musicales, la trayectoria de Paquita como instrumentista, directora de orquesta y compositora obtuvo un éxito rotundo que solo lo truncó un resfrío mal curado que la llevó a la muerte. Era el 14 de abril de 1925.

 

Quedan muchos pasajes sin nombrar, quizá sirva de aliciente al posible lector para buscar y encontrarlos.


 
  Por Eduardo Horacio Bolan



miércoles, 29 de junio de 2022

ÁNGEL GALLARDO, NATURALISTA SOBRE TODO

 

ÁNGEL GALLARDO, NATURALISTA SOBRE TODO

 Por Eduardo Horacio Bolan

 

Una estación de subte y una avenida lo recuerdan en la Ciudad de Buenos Aires. El Museo Provincial de Ciencias Naturales de Rosario lleva su nombre así como una localidad del Departamento La Capital en la provincia de Santa Fe. En Neuquén un lago conmemora su notoriedad.

Ángel Gallardo, hombre de múltiples facetas donde sobresalen su pasión por la Ciencia y su devoción por el estudio de las hormigas.

 

Primeros años

Del matrimonio del oriental (nacido en Colonia del Sacramento) León Gallardo Esnaola y de doña Ángela Lebrero Castaño nace en 1867 el niño Ángel Juan Pedro en la Ciudad de Buenos Aires.

La lectura es fundamental en el aprendizaje de los primeros años de Ángel. La ciencia que emana de los libros de Julio Verne, su autor infantil preferido, estimula su mente curiosa. También la observación. Otro de sus libros predilectos es La historia de las hormigas (1810) de Pierre Huber. Sin olvidar la pulcritud que le exigen en su casa paterna, se tira al suelo, literalmente, protegiendo sus ropas con una frazada, para examinar de cerca a las hormigas, esos seres que trabajan sin descanso, que comienzan y no paran su accionar hasta concluir el proyecto trazado.

Completado el período de la escuela primaria se inscribe en el Colegio Nacional Buenos Aires (calle Bolívar 263). Le toca vivir, siendo estudiante, cuando es desplazado José Manuel Estrada, católico practicante, del cargo de rector del Colegio, por su convicción religiosa. El gobierno nacional del Presidente Julio Argentino Roca promueve el laicismo y este intento de separar Estado e Iglesia católica provoca la separación de Estrada y su reemplazo por Amancio Alcorta (rector desde 1883 hasta 1890).

Cabe recordar que el Colegio Nacional fue instaurado en 1863 bajo la presidencia de Bartolomé Mitre.

Ya recibido de bachiller ingresa en la Facultad de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, donde egresa en 1894 con el título de Ingeniero Civil. En este período universitario simpatiza y se afilia a la Unión Cívica, partido político creado en 1890 bajo el liderazgo y presidencia de Leandro N. Alem y que al año siguiente se parte en UC Radical, con Alem y UC Nacional, bajo el liderazgo de Mitre.

 


Hombre de ciencia y docente

En 1892, antes de recibirse de ingeniero, Ángel Gallardo trabaja como docente y ejerce como profesor en la materia Historia Natural en el Instituto Libre de Segunda Enseñanza (ILSE), ubicado en la calle Libertad 555. El lema del ILSE es Vitam impendere vero (vida pasa por la verdad, consagrar la vida a la verdad, que fue la consigna de Jean-Jacques Rousseau).

Hombre apasionado por las ciencias naturales, Ángel Gallardo no ejerce como ingeniero y se acerca a las enseñanzas de  Friedrich Wilhelm Karl Berg, el cual, nacido en Letonia y a fuerza de tesón y con escasos medios económicos, sabe destacarse como naturalista en su país. Karl Burmeister, nacido en la Pomerania sueca (actualmente corresponde a Alemania) pero naturalizado argentino, convoca al país a Berg para trabajar en el Museo Público, como se conocía en esos años al actual Museo Argentino de Ciencias Naturales (MACN) y como profesor de la cátedra de Zoología en la Facultad de Ciencias Naturales.

Acaso como es costumbre entre los acaudalados de fines del siglo XIX, los egresados universitarios celebran su título con un viaje “al Viejo Continente”. Ángel Gallardo elige ir a Francia, hogar de Jules Gabriel Verne (1828-1905), aquel escritor de literatura científica que lo deleitara en su infancia. No solo es de placer el viaje, también es de estudio. Un doble placer para el joven Ángel. En París asiste a cursos, en la Universidad de La Sorbona, dictados por destacados científicos de la época.

 

Actividad e investigaciones científicas

Al retornar al país es designado para desempeñar el cargo de profesor en la cátedra de Zoología y la de Botánica de la Facultad de Ciencias Exactas. En 1896 preside la Sociedad Científica Argentina (Av. Santa Fe 1145), creada en 1872 por el entonces Presidente Sarmiento. Comienza a publicar los “Anales” de esa Sociedad y convoca al Primer Congreso Científico, para que asistan representantes del continente americano.

Al despuntar el nuevo siglo, el XX, viaja nuevamente al exterior para representar a la Argentina en congresos internacionales en las especialidades de Botánica y Geología.

No pierde de hábito de seguir estudiando y obtiene el título de Doctor en 1902. Ante el fallecimiento de Carlos Berg, de quien aprendiera tanto, es nombrado profesor titular de la cátedra de Zoología en la Facultad de Ciencias Exactas.

No deseo abrumar al lector con toda la actividad científica desplegada y muchos más cargos que desempeña Ángel Gallardo pero recalco su afán de seguir estudiando y es por eso que detallo un nuevo viaje a París. Esta vez en 1904 y es para asistir a cursos dictados por el físico francés Henri Becquerel, descubridor (1896) de la radioactividad.

Otro cargo que no puedo dejar pasar es que en 1911 es nombrado Director del Museo de Ciencias Naturales de Buenos Aires.

 

Museo Argentino de Ciencias Naturales “Bernardino Rivadavia”

La historia de este Museo merece ser contada en profundidad pero en resumidas cuentas la idea original de su fundación pertenece a Bernardino Rivadavia, al ejercer el cargo de secretario del Primer Triunvirato (1812). Posteriormente, en 1823, el mismo Rivadavia, ahora como ministro de Gobierno y Relaciones  Exteriores del gobernador Manuel Rodríguez da cuerpo a su idea.

Desde su creación, este Museo (ubicado en la actualidad en Av. Ángel Gallardo 470, Parque Centenario),  ha recibido varias denominaciones y ocupado diferentes emplazamientos a través de décadas. En 1925 comienza la construcción del actual edificio, preparado especialmente para ser lo que es, un Museo de Ciencias Naturales. El primero de los tres cuerpos se inauguró en 1937 en la presidencia del ingeniero y militar Agustín Pedro Justo, político proveniente del radicalismo.

Ateniéndonos a los directores del Museo relacionados con Ángel Gallardo, Burmeister fallece a sus 85 años, ocupando ese cargo, en 1892. Es más, se dice que la muerte se produjo producto de un accidente dentro del Museo.

En vida, Burmeister, contrario a la teoría de la evolución, hizo gestiones para que su sucesor fuera Berg, impidiendo así que le continuara en el puesto el paleontólogo darwinista Florentino Ameghino. Por esa sugerencia anterior, Berg sucede a Burmeister.

Al fallecer Berg en 1902 ocupa el cargo de director, finalmente, Florentino Ameghino. Al morir éste en 1911 le sucede Ángel Gallardo, quien a su vez deja la dirección en 1916, en el inicio de gobiernos radicales, para asumir la presidencia del Consejo Nacional de Educación.

 

Nuevos cargos

Además de los numerosos libros y artículos publicados, Ángel Gallardo, en su nuevo cargo presidiendo el Consejo, de 1916 a 1921, duplicó la cantidad de escuelas en el país, siendo su pensamiento prioritario “fomentar nuestras escuelas, enriquecer bibliotecas, fundar y dotar laboratorios, dar elementos de trabajo a los observatorios y museos, facilitar las publicaciones científicas". Imparte un sesgo muy belgraniano a su gestión promoviendo actos para ensalzar a la bandera argentina.

Los cargos se suceden, solo nombraré los más importantes.

En 1921 (presidencia Hipólito Yrigoyen) es designado embajador en Italia. Como científico expresa: “No he sido ni soy hombre político ni tengo aspiraciones de serlo”. Como radical manifiesta “prestar, en lo que de mí dependa, un servicio a mi país y un acto de solidaridad
con el excelentísimo señor presidente de la República". En ese período italiano, Gallardo, simpatiza con las ideas de Benito Mussolini que en 1922 llega al poder.

Bajo la presidencia de Alvear es designado ministro de Relaciones Exteriores y Culto (1922/28), donde manifiesta opiniones anticomunistas.

En 1932, por unanimidad, es nombrado Rector de la Universidad de Buenos Aires, cargo al cual renuncia poco antes de fallecer, en 1934, a sus 66 años.

 

Albert Einstein, Jorge Arce y Ángel Gallardo, durante una 
conferencia en el Colegio Nacional de Buenos Aires (1925)

Sara, nieta escritora y feminista

Ángel contrae matrimonio en su juventud con Dalmira Cantilo Ortiz Basualdo, de esta unión nacen cinco hijos. Uno de ellos, es el historiador  Guillermo.  Una de las hijas de Guillermo es la escritora Sara Gallardo.

El asma, que finalmente la llevará a la muerte, no es impedimento para que Sara Gallardo (1931-1988) escriba a sus veinticinco años la novela Enero, trama ambientada en el campo argentino, en la cual su protagonista queda embarazada producto de una violación.

Su obra más famosa es Los galgos, los galgos (1968) donde retrata en un ambiente campestre la historia de un amor maldito entre Julián y Lisa, sus protagonistas.

 

Como entomólogo

Como investigador científico Ángel Gallardo se dedica, al comienzo de su carrera, al análisis de la herencia (genética, con vocabulario actual) siendo precisamente el tema de su tesis de doctorado: “Interpretación dinámica de la división celular” (1902), pero su mayor devoción es hacia el estudio de los insectos, en especial por las hormigas. Este interés se manifiesta desde su temprana niñez y él  mismo lo recuerda, años después en sus Memorias, con alegría: "Cuando volvía del colegio observaba las hormigas en el fondo de la calle Florida, donde colocaba una alfombra y me extendía para verlas más de cerca, mientras comía bizcochos de panadería y naranjas, de las cuales participaban también las hormigas”.

 A pesar de su gran actividad profesional y vida familiar siempre tendrá tiempo para escribir artículos sobre las hormigas para la Revista de la Sociedad Entomológica Argentina y en libros como “Las hormigas de la República Argentina” (1920)

 

Quedará para otro momento los recuerdos de Ángel Gallardo hacia lo que con los años sería Villa Crespo. Su abuelo materno, Manuel Lebrero poseía terrenos, quinta y casa veraniega entre las arterias Boulevar Corrientes (Av. Corrientes), Ministro inglés (Av. Raúl Scalabrini Ortiz), Camino a Moreno (Av. Warnes) y el Arroyo Maldonado (aproximadamente Av. Juan B. Justo).  Seguramente allí, en esa zona campera, en su infancia y pubertad, habrá podido observar con mayor detenimiento a sus amigas, las hormigas.


viernes, 13 de mayo de 2022

LOS LÍMITES DE VILLA CRESPO DESDE SUS INICIOS

 

LOS LÍMITES DE VILLA CRESPO DESDE SUS INICIOS

Por Eduardo Horacio Bolan

Las guerras y conflictos entre hermanos argentinos no concluyen en la Batalla de Caseros (1852), ni en la sanción de la Constitución Nacional (1853), ni siquiera en la Batalla de Pavón (1861). Nicolás Avellaneda, en las postrimerías de su presidencia (1880), viendo que la “cuestión Capital” seguía sin resolverse y el Gobernador de Buenos Aires, Carlos Tejedor, se presenta como líder en la sublevación de Buenos Aires para con el resto del país, ordena que el Ejército Nacional avance sobre la Ciudad de Buenos Aires con el fin de socavar la idea separatista.

El Presidente Avellaneda instala en el pueblo de Belgrano la sede provisoria de su gobierno nacional. Nombra como ministro de Guerra y Marina a Carlos Pellegrini que acantona sus tropas en la zona conocida como Chacrita de los Colegiales. Luego de varios días (del 12 al 23 de junio) de intensos y cruentos combates, Tejedor desiste de su postura y renuncia al cargo. A los pocos meses (21 setiembre 1880) el Congreso Nacional sanciona la Ley de Federalización de Buenos Aires Nº 1029, donde se declara Capital de la República a la Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires. Ley que es aprobada en el solar del actual Museo Histórico Sarmiento (calle Cuba 2079).

Es en este período cuando se promueve y se facilita que los extranjeros ingresen al país para incorporarse a la población autóctona. Si hacia 1874 la llegada de inmigrantes solo alcanza la cifra de  70.000, especialmente italianos y españoles, es entre 1880 y albores del s. XX cuando se amplía a 1.500.000 personas (cifras aproximadas) provenientes de innumerables regiones del planeta, con sus propios idiomas, costumbres y religiones.

En 1887 se dicta la Ley Nacional 2089 donde se incorporan los municipios bonaerenses de San José de Flores y Belgrano a la Capital Federal

 

Antes de antes

Lo que actualmente corresponde al barrio de Villa Crespo y aledaños, eran parajes campestres. Se alternaban quintas con baldíos, como el hueco de Loyola, potreros, bañados, zanjones, algunos establecimientos de hornos de ladrillo y ciertas residencias veraniegas de porteños pudientes, aunque no alcanzaran el prestigio de sus vecinos del pueblo de Belgrano.

Los primeros pobladores de esas quintas, criollos en su origen a los cuales muy pronto se les suman italianos y españoles, cultivaban todo tipo de verduras y frutas. Estas quintas son más pequeñas que las chacras, sus medidas podrían alcanzar las 500 varas (entre 300 y 450 metros) de frente y una legua de fondo (alrededor de 5.000 m.) y es por eso que en algún caso se las conoce como “chacritas”. El vocablo chacra proviene del quechua “chajra” y en Brasil se las llaman chácara. La más renombrada es la “chacrita de los Padres” (por la Compañía de Jesús, siglos XVII y XVIII), luego denominada “chacrita de los Colegiales” (por los alumnos del Colegio Nacional Buenos Aires).

Estos lares no están tan alejados del centro porteño y sirven para aprovisionarse de hortalizas y frutas frescas. No es un buen destino para una salida ocasional o almuerzo campestre pero sí para esparcimiento prolongado. Desde la Plaza de la Victoria y en carruaje se puede circular por Córdoba y a la altura de la Calle Larga del Ministro Inglés (Scalabrini Ortiz) se dobla a la izquierda. El viaje realizado, de unos seis kilómetros, les habrá llevado unas cinco horas aproximadamente y los viajeros ya se encuentran en terrenos apartados pero, al mismo tiempo, cercanos al Cabildo. Varios vecinos con cierto bienestar económico saben apreciar el buen clima y la cercanía/lejanía del “barullo céntrico” porteño de antaño. Muchos adquieren terrenos próximos  a ese camino ancho, que luego se llamaría Triunvirato, pero que en esos años se denomina Boulevard Corrientes (fines siglo XIX), y los convierten en sus solares de sosiego veraniego. Son parcelas donde la naturaleza regala parras de treinta metros de altura y el aporte humano las recorta para adornar los jardines con agregados de arbustos trepadores como los  jazmines y plantas de rosales. Todo esto acompañado de los cantos de los pájaros y un cielo enorme.

Así se va conformando un nuevo paisaje con quintas como las de Balcarce, Juan Shaw, la del Dr. Dufour, Lebrero, la del diplomático inglés Henry Sourthern, Rafael Comastri y tantísimas más.

 

Límite naciente

Para orientar en tiempo y espacio al lector y por dar una fecha importante como es el 3 de junio de 1888, los límites reconocidos de la incipiente barriada se podrían llegar a delimitar entre las calles Boulevar Corrientes (Av. Corrientes), Ministro Inglés (Av. Scalabrini Ortiz), Camino de Moreno (Av. Warnes) y el Arroyo Maldonado (Av. Juan B. Justo, aproximadamente, ya que en esos años el arroyo no tenía el mismo trazado que cuando es entubado en décadas posteriores).

La fecha mencionada no es caprichosa. Ese día se coloca la piedra fundamental de la Fábrica Nacional de Calzado en la calle Cuyo (actual Padilla) siendo apadrinada por el Intendente de la Capital Federal Antonio Crespo. Queda estipulada en la Historia como el nacimiento del Barrio de Villa Crespo.

Apenas un par de años atrás (1886) Salvador Benedit, gerente de esa Sociedad Anónima con sede en la calle céntrica Chacabuco 25, compra los terrenos donde edificará la Fábrica de Calzado que dará ese impulso inicial a la zona.

Son vecindarios, no son barrios todavía, ni siquiera parroquias. Tal es así que en el listado de aquellos años figuran Villa Alvear (incorporada actualmente al barrio de Palermo) y Villa Malcolm (a los pocos años ya es anexada a Villa Crespo).

Los mismos vecinos pueden considerar “su lugar” al cruce de dos arterias y las manzanas que las comprenden y hasta, quizá, a dos o tres cuadras. Son pequeños grupos urbanos de trabajadores (en muchos casos con sus familias) que acaso reflexionan que si trabajan y duermen en dos calles a la redonda irse a tomar “un traguito” al almacén cruzando determinada arteria hace que ya se encuentran en otra barriada.

Los obreros de la Fábrica son estimulados por los rematadores para adquirir lotes para la construcción de sus propias viviendas, pagaderos a largo plazo. También son ayudados por la política emprendedora de Salvador Benedit que adquiere más terrenos para abrir nuevas calles y urbanizar los alrededores de la fábrica. De esta manera los obreros viven “ahí nomás” de su lugar de trabajo y se evitan viajes de otros poblados, lo cual beneficia a la empresa que pretende trabajadores permanentes, y no pasajeros, para una mejor producción.

La construcción de las viviendas se realiza con diez mil ladrillos que son abastecidos por los propios vendedores. Se trabaja de lunes a sábado y el domingo es utilizado por los nuevos propietarios para levantar su casa. En muchos casos son ayudados por amigos y compañeros, o sea por otros operarios.

No es la gran vivienda. La típica casa de esos años consta de una habitación de cuatro por cuatro, cocina y baño. Seguramente la gran mayoría deja los ladrillos a la vista, sin revocar (“sin revoque en las paredes, a la luz de un farolito”, en el decir de Pascual Contursi en su tango “Bandoneón arrabalero”). También hay lugar para un pequeño terrenito en el frente, que algunos convierten en jardín…

 

Ampliación y reducción

En afán de incrementar ingresos y al mismo tiempo beneficiar y facilitarles la vida a los pobladores de esta zona del noroeste de la Capital, las compañías de tramways se expanden y prolongan las vías de sus servicios. Lejos quedó así el triste recuerdo de los tranvías fúnebres que transportaban los cadáveres, que se acumulaban en el centro porteño producto de la fiebre amarilla de 1871, al Cementerio del Oeste (Chacarita).

En 1928 la Ciudad es demarcada en 15 divisiones (el equivalente a las Comunas actuales) y 77 secciones (podrían equipararse a los barrios), pero los funcionarios siguen sin establecer con certeza ni la cantidad de las barriadas ni sus límites.

(Foto AGN año 1935. Triunvirato al 800(actual Av. Corrientes al 5500. Convivencia de diversos transportes: 
tracción a sangre, trolebús, colectivo y peatón cruzando a media cuadra sobre adoquines colocados 
en forma pareja para un buen transitar. Atrás, la fachada del Cine Villa Crespo)

Carlos A(rtagnan) Petit supo escribir los sencillos versos “Los cien barrios porteños” que musicalizara Rodolfo Schiammarella (vals de 1945) y que inmortalizara Alberto Castillo con su famoso recitado al comienzo:

 “Yo soy parte de mi pueblo

y le debo lo que soy;

hablo con su mismo verbo

y canto con su misma voz (…)

He querido brindarle a los barrios

un sincero homenaje de amor.

Cada uno me trae un recuerdo,

cada uno me da una emoción;

he querido rendirle a los barrios

un sincero homenaje de amor.”

 Luego pasa a nombrar veintiún barrios.

Esta falta de conocer con exactitud la cantidad de barrios porteños tiene su base desde la misma  Municipalidad. A fines de 1950 el Plan Regulador municipal sostiene que coexisten 44 barrios, y agrega “aproximadamente”.

Hay un nuevo intento por organizar en divisiones a la Ciudad en 1968. Por Ordenanza 23.6968, Villa Crespo ve ampliado sus límites: Av. Córdoba, Av. Estado de Israel, Av. Ángel Gallardo, Av. San Martín, Paysandú, Av. Warnes, Av. Dorrego, Bonpland.

Así cada uno de los barrios va tomando forma, pero las discusiones siguen por problemas limítrofes.

Por ende mucho no duró la demarcación anterior y en apenas cuatro años (1972) la Ordenanza 26.607 establece nuevas delimitaciones barriales con una variante muy importante para nuestra barriada en cuestión: Av. Córdoba, Av. Estado de Israel, Av. Ángel Gallardo, Av. San Martín, Paysandú, Av. Warnes, Av. Dorrego, vías del Ferrocarril Gral. San Martín. En este último límite es donde reside una gran incógnita ya que las vías no pertenecen a la Ciudad sino son federales, de la Nación. Mal pueden ser una división entre barrios.

La calle Bonpland quedó para Chacarita, por lo tanto El Mirador de Comastri, por nombrar a un edificio emblemático, ya no se encuentra comprendido dentro de  Villa Crespo.

Por esta Ordenanza de 1972 quedan homologados cuarenta y seis barrios, cantidad que se ve aumentada por la posterior incorporación (1976) de Parque Chas y Puerto Madero. Da un total de cuarenta y ocho.

 

(Foto AGN de 1935. Corrientes y las vías del ferrocarril Gral. San Martín, 
vista aérea mirando hacia Chacarita. En primer plano el colectivo 65)

Problemática actual

Sin duda la segregación de Bonpland como pérdida de límite con Chacarita trajo aparejado malestar a los villacrespenses, un poco atenuado al lograr cambiar la denominación a la estación del ferrocarril Gral. San Martín, de Parada Chacarita a Villa Crespo (en el año 2016)

Con el trazado elevado de las vías del San Martín se desmanteló esa estación (todavía no han comenzado las obras de su nueva construcción) y, peor aun, desapareció el límite terrestre. Ahora es aéreo. Es como si el límite fuera el cielo con alguna nube que pasa.

 


 

sábado, 9 de abril de 2022

UNA ESQUINA EN JUAN B. JUSTO Y CORRIENTES

 UNA ESQUINA EN JUAN B. JUSTO Y CORRIENTES

 Por Eduardo Horacio Bolan

Conversar con vecinos sobre el barrio es visualizar lugares y situaciones a través del tiempo. Es como armar un rompecabezas.

 

Un sentimiento

En el año 2021, en el segundo año de la pandemia, Carlos Levín, poeta y gran conocedor del barrio de Villa Crespo, me presenta a Ricardo Figueroa, vecino con fuerte raigambre villacrespense.

Muchos son los temas tratados en las conversaciones con Figueroa sobre ese terruño llamado barrio: aquellos años del ´60 y ´70 donde la niñez y la juventud todo lo podían, van surgiendo los negocios comerciales (la mayoría ya no están), las veredas, los colectivos, la ropa y la moda de entonces, Atlanta con sus equipos de básquetbol y fútbol y, por supuesto, los cafés.

Todos son lugares entrañables que siempre están presentes aunque ya no estén, aunque los busquemos en los sitios donde antes los encontrábamos. También están las personas, aunque no estén. Inolvidables anécdotas vividas o escuchadas que no nos cansamos de relatar y que son el hastío de las nuevas generaciones, que ya tienen sus propias vivencias y dicen que son diferentes, aunque sin duda, en lo trascendental, son semejantes e incluso iguales.

 

Reducto porteño

Los Cafés de Buenos Aires y ¡los cafés de los barrios! A algunos los renombraron con el agregado de  “Café Notable”, otros quedaron en el olvido pero a la mayoría se los recuerda y se le rinde homenaje, al menos en la memoria colectiva.

En una de esas charlas con Figueroa, tratando las décadas mencionadas, famosas por los vivos colores de las vestimentas, las galerías y la música de Los Beatles, emerge un recuerdo. De pronto Ricardo dice “…y el Café El Copetín

A mí me “sonaba” ese nombre y de pronto lo recordé, lo había leído en el libro “Historia de Villa Crespo” (1978) de Cayetano Francavilla.

Me interesó, mucho más porque había ocupado la esquina que hoy se encuentra, digamos, vallada y abandonada y que hasta hace varios años atrás funcionaba una estación de servicio. La alarma por un derrame de nafta hizo que se cerrara. Sin duda, cuando pase su debido tiempo, será el destino de una nueva construcción que mejorará la zona.

Ya en esas décadas de la segunda mitad del siglo XX los cafés habían dejado de ser espacios frecuentados solo por hombres. Las parejas de novios iban ganando su lugar y nadie, en su sano juicio, se escandalizaba por ver a una mujer sola en un Café, aunque algunos por creerse así más hombres la molestaba. Hasta muchos muchachos se animaban a consumir gaseosas. Había lugares especiales dentro de los locales, eran los llamados Reservados. Estos sectores daban el aspecto de mayor privacidad, mayor intimidad, apartados un poco del resto por estructuras de poco espesor y de metro y medio de altura.

El Bar, el Café, sitio donde esperar, pasar el rato, tomar un café o un “traguito”, mirar por la ventana, leer un libro, lugar ideal para comenzar o seguir conversaciones, y, por qué no, masticar melancolías. También como para sentirse “como en familia”.

 

“El Copetín”

Ricardo Figueroa recuerda con simpatía esa esquina de Corrientes y Juan B. Justo tan querida y grata para sus recuerdos. Vuelve el tiempo atrás por magia de las remembranzas.

La salida de la escuela junto a su hermana, caminar por la vereda de numeración impar de Av. Corrientes. Al 5749 está “El Porteñito” compra-venta de muebles antiguos, al lado el negocio “La Rosa” y llegando a la esquina, en el 5793 de Corrientes, se halla “El Copetín”. Allí saluda a Canaro que está en la vereda en su kiosco de diarios y revistas, a veces acompañado de su hija Adela. Canaro, siempre tan amable, y que para Ricardo es parte de esa esquina.

A la vuelta, sobre Juan B. Justo, como yendo a la calle Villarroel, se encuentra el surtidor de nafta YPF, está en la vereda y es atendido por papá Ricardo (sí, padre e hijo de igual nombre). Cuando tiene tiempo consume un cafecito en El Copetín junto  a sus amigos y a su hermano Luis, que es el tío Luis, que es fotógrafo y al que Ricardo niño ayuda en el revelado de fotos. En su vida de adulto Ricardo supo ser fotógrafo profesional de eventos sociales y deportivos del barrio y muchas de sus tomas fotográficas son de edificios y calles y tienen su espacio en los dos libros de Francavilla sobre Villa Crespo.

Ricardo, como todo chico curioso y habilidoso, también sabe ser “ayudante” de su papá en el surtidor.

Papá Ricardo tiene otro oficio que es el de enfermero particular y una vocación amateur que es el dibujo a lápiz, pericia que le sirve para retratar a los parroquianos del café, sean habitúes u ocasionales.

El vermuth de los sábados al mediodía es momento propicio de reunión y qué mejor lugar que El Copetín. Se dan cita los comerciantes y demás trabajadores cercanos al bar. Una tradición que se mantiene  a través de muchos años.

Donde termina El Copetín sobre Juan B. Justo, al 2556, está, en el recuerdo, el negocio El Vitraux y un poquito más allá la fábrica El Changuito, que elabora changuitos, ese carro manual que se utilizaba en esos años para ir a la feria municipal o a los almacenes.

En El Vitraux los deudos encargan imágenes votivas, especialmente de santos y ángeles, para ser colocados en las bóvedas funerarias de los cementerios, en especial en el de Chacarita. También las iglesias católicas del barrio les confian pedidos para revestir determinados lugares sacros. Todo es artesanal, Enrique es el encargado de confeccionar el dibujo, vaya a saberse cuál sería su inspiración o de dónde saca las ideas (o de dónde las copiaba). En un momento del proceso “las imágenes las pasaban por el horno”, rememora Ricardo y ve nuevamente lo que vieron sus ojos infantiles, para después Don Ramón García enmarcar las imágenes con plomo.

Con Ricardo volvemos sobre nuestros pasos pero seguimos suspendidos en esos años pasados y llegamos nuevamente a la esquina. Entramos a El Copetín. A la derecha el sector de los Reservados, con ventana sobre Av. Corrientes. Al frente, algunas mesas y el mostrador donde un mozo recoge los pocillos con café, los platitos y todo lo que le hayan encargado, quizá al grito de “mozo, un café”. Coloca todo sobre su bandeja y en forma certera y sin equivocarse acerca el pedido a cada uno de los parroquianos.

A la izquierda se hallan ¡seis mesas de billar! Es el lugar de recreo para muchos luego de tanto trajinar en el trabajo y en enfrentar obligaciones, y además queda cerca de sus hogares.

No hay necesidad de ir al centro, al Bar Los 36 Billares en  Av. de Mayo al 1200, entre Salta y Santiago del Estero. Hay billares en Villa Crespo, son seis ¡y a mucha honra!

Los billares, instalados en aquellos años del ´40 y ´50, donde los hombres asistían y jugaban con traje de solapas anchas y corbata al tono, muchos con pañuelo en el bolsillo superior del saco. Todos con sombrero o gorro.

Los billares brillaron en El Copetín hasta 1965, aproximadamente.

Luego esos hombres fueron acompañados al Café por sus familias en los ´60 y ´70 y después … los tiempos cambian y los comercios y sus rubros también. El Copetín cerró y fue reemplazado por el Restaurant Parrilla Bariloche.

 

Ricardo Figueroa (h). Atrás la esquina de Juan B. Justo y Corrientes (foto EHB marzo 2022)

Historia de esta esquina

Los recuerdos de Ricardo Figueroa, ese recomponer imágenes para armar sitios y tiempos, llegan hasta los ´40 pero esta esquina tiene una historia que nos retrotrae a comienzos del siglo XX.

Antes de la existencia del Café Bar El Copetín, negocios anteriores se habían instalado en esa esquina. Memoriosos sostienen, aunque no hay fechas ciertas, que quizá durante o después de la primera década del siglo XX, se establece una sastrería. Si así fuera, debió ser un local con vivienda incluída, nadie se iba a aventurar a inaugurar un negocio a la calle en esa zona “pegada” al Maldonado. Se especializaba en prendas de vestir masculinas con estricta terminación a mano, diseñadas para hombres elegantes. Estimo que las prendas se confeccionaban allí y que eran llevadas a los señores que vivirían no muy cerca. Para la época, este sector era un suburbio. Por lo visto no duró mucho tiempo ya que muy pronto hay noticias que en el solar se inaugura el primer Café. Al estar a orillas del Arroyo Maldonado, lo lógico es que fuera sitio de malandrines y de gente de “dudosa moralidad”. Acaso, supongo que para los años ´20 de ese siglo, haya sido uno de los sitios que frecuentaba el guapo El Títere (sí, el del poema de Jorge Luis Borges). Con la pronta llegada de los obreros con sus familias, el Café va dejando de lado su aspecto funesto y pasa a ser más cercano a un Bar concurrido por trabajadores que se detienen allí para “tomarse algo fuerte” y recuperar las fuerzas y la autoestima.

Con nuevos dueños, seguramente, y con el nombre de “Rosedal”, el local toma un cariz más definido hacia, digamos, lo romántico. Se agregan reservados que, para ser más discretos dan hacia Juan B. Justo, y es lugar de encuentro de encantadoras y ocultas citas de parejas.

Llegamos al ´40 y a El Copetín, luego en los ´70 a la parrilla Bariloche. Posteriormente se instala una estación de servicio que fuera cerrada por un problema ya mencionado. Una esquina con tanto movimiento, estimo, a su debido tiempo será reacondicionada y embellecida.

Hoy es una esquina que espera.

 

 Por Eduardo Horacio Bolan

eduardobolan@gmail.com

LEOPOLDO MARECHAL Y LA HISTORIA DE LA CALLE CORRIENTES

 

LEOPOLDO MARECHAL Y LA HISTORIA DE LA CALLE CORRIENTES

   Por Eduardo Horacio Bolan

 Leopoldo Marechal posee una prodigiosa y dilatada producción escrita. Bien es muy conocido como poeta, cuentista, novelista y autor de obras de teatro. Así también supo destacarse como ensayista, acaso, yo diría, acercándose al historiador, aunque esta faceta no es tan percibida como las anteriores.

Su obra “La Historia de la calle Corrientes”, no por ser menos difundida es de menor trascendencia. Es el resultado de una encomienda que le fue propuesta, dado su prestigio.

 

Marechal y un encargo muy especial

A partir de 1931 la calle Corrientes angosta comienza a cambiar su fisonomía, en el momento que José Guerrico, por entonces Intendente de la Capital Federal (1930-1932), da la orden de comenzar el emprendimiento de ensanchar esa calle. Su continuador en esa tarea es Mariano de Vedia y Mitre, que ocupa el cargo de Intendente entre 1932 y 1938, siendo nombrado como tal por el Presidente de la Nación Agustín P. Justo que además de ser político y militar es ingeniero civil habiéndose recibido en la Universidad de Buenos Aires.

La labor desarrollada por de Vedia y Mitre es muy vasta, va, por dar un breve listado, desde la construcción del Hospital Argerich y mejoramientos edilicios de otros nosocomios hasta concluir con el entubado del Arroyo Maldonado en 1936 y el comienzo del emplazamiento, sobre esa faena, de una avenida (Juan B. Justo) que en sus inicios es de tierra. A pesar de esta importante mejora las inundaciones no cesaron hasta principiar el siglo XXI.

Las obras públicas llevadas a cabo por este intendente son numerosas pero, sin ser original en mi elección, la más recordada de este período es la construcción del Obelisco de Buenos Aires (1936), muy criticada en su momento y que hoy es un ícono de la Ciudad.

Para celebrar a la calle Corrientes y a su importancia y tradición porteña, de Vedia y Mitre idea y elabora un homenaje entre histórico, sociológico y literario. Para concretar este proyecto encomienda la redacción de “Historia de la calle Corrientes” a Leopoldo Marechal, que ya por esos años es un reconocido (aun antes de publicar “Adán Buenosayres”) poeta (“Los aguiluchos”, Días como flechas”, “Odas para el hombre y la mujer”) y literato (publica en revistas como “Proa”, “Martín Fierro”, diario “El Mundo”).

Voy a dejar que el mismo Leopoldo Marechal nos comente el encargo que le efectuaron: “En 1936, con motivo del cuarto centenario de la fundación de Buenos Aires por don Pedro de Mendoza, el entonces intendente municipal doctor Mariano de Vedia y Mitre me invitó a escribir una Historia de la calle Corrientes, la cual, aun bajo las piquetas de la demolición, entraba ya en la última etapa de su ensanche.”

Nuestro escritor duda en aceptar este cometido ya que no está dentro de su habitual terreno poético y literario (posteriormente incursionará en lo teatral) donde es reconocido a nivel nacional e internacional. Este pedido se encuentra más delimitado dentro del ensayo y, como el mismo título del libro lo adelanta, de la Historia.

Duda el escritor pero acepta, convencido de que “la calle Corrientes no era para mí, ni para ningún porteño sensitivo, un tema circunstancial, sino algo así como un escenario de familia donde mi adolescencia y mi juventud habían cumplido algunos de sus gestos más vitales.”

“Historia de la calle Corrientes” de Leopoldo Marechal tiene hasta el momento cuatro ediciones. La primera ve la luz en 1937 y es editada por la Municipalidad de Buenos Aires, luego vendrá la de Paidós en 1967 y la de Arrabal en 1995. Por último y por ende la más actual es la realizada por Dunken (2013), edición bilingüe en español e inglés, un anhelo cumplido de María de los Ángeles Marechal, hija del escritor, que asimismo realiza allí una bio-cronología de su padre.

Cada edición tiene su particularidad, lo que la hace especial.

 


   


Un equipo de primera

Para hacer realidad esta obra diferente, según mi opinión, de las que había llevado a cabo en su pluma y de las que concretaría a lo largo de su vida, obtuvo la colaboración de personas con una amplia experiencia en cada uno de sus rubros.

Doy paso a Marechal para que nos lo haga saber: “Invitados amorosamente a la empresa, Guillermo Moores y Alejo González Garaño (dos porteños de ley) colaboraron con valiosos aportes (…) Horacio Coppola fotografió la calle en todo el dramatismo de sus demoliciones y reconstrucciones (…) y Francisco Colombo imprimió la Historia en su taller.”

Esos “valiosos aportes” son contribuciones bibliográficas y de gráficos “sobre todo de don Alejo, que conservaba de la calle finisecular algunos recuerdos personales de gran frescura”, en el decir de Marechal.

Alejo González Garaño (1877-1946), nacido de una familia tradicional de la Ciudad con vivienda desde 1811 en esa misma calle Corrientes (altura 476), es un prestigioso coleccionista de grabados, pinturas, iconografías, litografías, acuarelas, publicaciones de nuestro pasado nacional y colonial. También sabe destacarse como articulista sobre arte argentino en los periódicos de tirada nacional como La Prensa y La Nación. Además es miembro activo de numerosas instituciones, sociedades  y academias de Historia, numismática, antigüedades, Bellas Artes.

Horacio Coppola (1906-2012), emblema de la fotografía argentina, supo vivir en la calle Esmeralda pero su nacimiento se produce en esa misma calle Corrientes al 3060. En sus primeros años de fotógrafo todo despierta su interés y así quedan reflejados diversos sitios barriales, calles y esquinas, trabajadores, azoteas, escaleras, calles empedradas, los otrora típicos carteles publicitarios municipales de color verde, carromatos, sombras de hombres leyendo el diario, los barcos de La Boca, el reflejo en un charco de agua de una vivienda en el barrio de Palermo (esta toma le hizo expresar a J.L. Borges “¡esto es Buenos Aires!”)

No solo Marechal aprovecha del ojo avizor de Coppola, también Jorge Luis Borges lo elige para la primera edición de su libro Evaristo Carriego, donde se luce la foto tomada en Juan Jaurés y Paraguay.

En 1932 Coppola viaja a Berlín. Se inscribe como alumno en la Bauhaus y traba amistad con Walter Peterhans, del Departamento de Fotografía de esa Escuela de Arte y Arquitectura. Allí conoce y comienza un noviazgo con Grete Stern. Ante el implacable avance nazi deciden, Horacio y Grete, dejar atrás Berlín y pasar a Londres. Horacio es incansable y decide viajar por Europa, donde frecuenta los ateliers de Marc Chagall y Joan Miró.

Horacio y Grete se casan y su destino será Buenos Aires donde seguirán observando y retratando desde sus cámaras fotográficas.

Con su Leica, cámara de origen alemán, colgada en su cuello, Coppola camina y plasma la ciudad, sus habitantes y lugares. Uno de los caminos recurrentes lo llevan por la calle Corrientes desde Once hasta Chacarita. Su mirada se vuelve poesía en sus fotos.

Francisco Colombo (1878-1953) aprende el oficio de tipógrafo desde muy joven. Con veinticuatro años instala su propia imprenta en San Antonio de Areco y al establecimiento le da el nombre de “Colón”, acaso como un juego o reconocimiento a su propio apellido. Esto trajo, quizá, cierta confusión sobre qué libros son los editados por él, ya que en algunos colofones figura Colombo y en otros Colón.

Desde 1929 instala una sucursal de sus talleres gráficos en Hortiguera 552 de la Capital Federal. Algunos de los títulos y autores que salen de su imprenta son: “Cuaderno de San Martín” de Borges y “Papeles de recién venido” de Macedonio Fernández, solo un par para no abrumar al lector. Aunque sin duda lo más recordado de la imprenta Colombo son los diferentes libros salidos de su taller con autoría de Ricardo Güiraldes, “Rosaura” (1922), “Xaimaca” (1923) y en especial el resultado del pedido que le llegara en 1926.  Güiraldes le entrega a Colombo los manuscritos de “Don Segundo Sombra” y le encarga una edición de 1.000 ejemplares. Se dice que Colombo, luego de la lectura del primer capítulo, se entusiasma con la calidad de la obra y por su cuenta y orden aumenta la tirada al doble. Al mes de haber salido a  la venta, julio 1926, se agotan los 2.000 ejemplares.

Es el mismo Marechal que corrobora la importancia de Colombo como imprentero “que se había iniciado a lo grande con la edición príncipe de Don Segundo Sombra”.

 

La Historia de la calle Corrientes

Recorramos esta calle hecha libro junto a Marechal a través de las páginas que él considera necesarias, “me propongo trazar una breve historia de la calle Corrientes”.

El compromiso asumido y la elegancia de nuestro autor se manifiestan desde las páginas iniciales. Su pluma es ágil y amena. Da detalles pero no se detiene en explicaciones tediosas. Desde su Introducción y luego capítulo tras capítulo, hasta el consabido Epílogo, va pergeñando su historia.

Asistimos desde la incógnita del primer nombre de la vía, “nada sabemos acerca del nombre que tuvo la calle hasta los comienzos del siglo XVIII”, hasta ser denominada en un documento de 1808 como “calle que pasa por el costado de San Nicolás” Este nombre largo se debe a que en 1729 se había construido, en un terreno que en la actualidad estaría ubicado en Corrientes y Carlos Pelligrini, una iglesia bajo la advocación de San Nicolás de Bari. Con la ampliación de Corrientes, el trazado de la Av. 9 de Julio y la construcción del Obelisco, esta iglesia es demolida y una nueva es construída, con ese nombre, en Av. Santa Fe 1352.

Página tras página visitamos nuestra Historia al asistir al estudio de nuestra vía. Su escasa y por momentos nula importancia en la Reconquista, la Defensa, Revolución de Mayo. Con los patriotas nuestra calle pasa a ser la frontera norte de la Ciudad. En 1812, Bernardino Rivadavia como secretario de Guerra e integrante del Primer Triunvirato ordena “que la bandera celeste y blanca ondease en la torre de San Nicolás”.

“En 1826 los cafés y otros lugares públicos de la calle ya eran teatro de acaloradas disputas”, nos dice Marechal y nos hace  vivir los tiempos de Rivadavia como Presidente, Rosas, Caseros.

“La calle Corrientes, siempre tardía, se benefició también, aunque a la larga: no tuvo, como la de Victoria, el honor de alumbrarse en 1856 con los primeros picos de gas”.

En 1857 la calle, todavía angosta, se va alargando “más allá de Callao”. Casas de familias tradicionales, establecimientos de peluquerías, de farmacias, corralones, cocherías de “cupés y landós del gran mundo”, confiterías, todo esto nos recrea nuestro autor.

No faltan los teatros, los cafés, hoteles y restaurantes y el muy nombrado y renombrado por Marechal “Royal Keller”, un bar nocturno ubicado en un sótano de Corrientes y Esmeralda. Tampoco se olvida del primer ferrocarril argentino cuyos rieles supieron cursar por Corrientes desde Riobamba “hasta el mercado Once de Septiembre” ni de los tramways y sus conductores.

En el Epílogo, Marechal, nos confiesa “que Corrientes fue y continúa siendo “la calle de la noche” (…) un rito nocturnal que tenía su gallo anunciador del fin en el último tranvía Lacroze que nos devolvía, si lo pescábamos, a la lejana Villa Crespo.”

 

Un texto con la fuerza de lo poético, muy propio de Leopoldo Marechal, donde siempre encuentra esa expresión entre certera y elegante.

 

 Por Eduardo Horacio Bolan

eduardobolan@gmail.com