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sábado, 9 de abril de 2022

UNA ESQUINA EN JUAN B. JUSTO Y CORRIENTES

 UNA ESQUINA EN JUAN B. JUSTO Y CORRIENTES

 Por Eduardo Horacio Bolan

Conversar con vecinos sobre el barrio es visualizar lugares y situaciones a través del tiempo. Es como armar un rompecabezas.

 

Un sentimiento

En el año 2021, en el segundo año de la pandemia, Carlos Levín, poeta y gran conocedor del barrio de Villa Crespo, me presenta a Ricardo Figueroa, vecino con fuerte raigambre villacrespense.

Muchos son los temas tratados en las conversaciones con Figueroa sobre ese terruño llamado barrio: aquellos años del ´60 y ´70 donde la niñez y la juventud todo lo podían, van surgiendo los negocios comerciales (la mayoría ya no están), las veredas, los colectivos, la ropa y la moda de entonces, Atlanta con sus equipos de básquetbol y fútbol y, por supuesto, los cafés.

Todos son lugares entrañables que siempre están presentes aunque ya no estén, aunque los busquemos en los sitios donde antes los encontrábamos. También están las personas, aunque no estén. Inolvidables anécdotas vividas o escuchadas que no nos cansamos de relatar y que son el hastío de las nuevas generaciones, que ya tienen sus propias vivencias y dicen que son diferentes, aunque sin duda, en lo trascendental, son semejantes e incluso iguales.

 

Reducto porteño

Los Cafés de Buenos Aires y ¡los cafés de los barrios! A algunos los renombraron con el agregado de  “Café Notable”, otros quedaron en el olvido pero a la mayoría se los recuerda y se le rinde homenaje, al menos en la memoria colectiva.

En una de esas charlas con Figueroa, tratando las décadas mencionadas, famosas por los vivos colores de las vestimentas, las galerías y la música de Los Beatles, emerge un recuerdo. De pronto Ricardo dice “…y el Café El Copetín

A mí me “sonaba” ese nombre y de pronto lo recordé, lo había leído en el libro “Historia de Villa Crespo” (1978) de Cayetano Francavilla.

Me interesó, mucho más porque había ocupado la esquina que hoy se encuentra, digamos, vallada y abandonada y que hasta hace varios años atrás funcionaba una estación de servicio. La alarma por un derrame de nafta hizo que se cerrara. Sin duda, cuando pase su debido tiempo, será el destino de una nueva construcción que mejorará la zona.

Ya en esas décadas de la segunda mitad del siglo XX los cafés habían dejado de ser espacios frecuentados solo por hombres. Las parejas de novios iban ganando su lugar y nadie, en su sano juicio, se escandalizaba por ver a una mujer sola en un Café, aunque algunos por creerse así más hombres la molestaba. Hasta muchos muchachos se animaban a consumir gaseosas. Había lugares especiales dentro de los locales, eran los llamados Reservados. Estos sectores daban el aspecto de mayor privacidad, mayor intimidad, apartados un poco del resto por estructuras de poco espesor y de metro y medio de altura.

El Bar, el Café, sitio donde esperar, pasar el rato, tomar un café o un “traguito”, mirar por la ventana, leer un libro, lugar ideal para comenzar o seguir conversaciones, y, por qué no, masticar melancolías. También como para sentirse “como en familia”.

 

“El Copetín”

Ricardo Figueroa recuerda con simpatía esa esquina de Corrientes y Juan B. Justo tan querida y grata para sus recuerdos. Vuelve el tiempo atrás por magia de las remembranzas.

La salida de la escuela junto a su hermana, caminar por la vereda de numeración impar de Av. Corrientes. Al 5749 está “El Porteñito” compra-venta de muebles antiguos, al lado el negocio “La Rosa” y llegando a la esquina, en el 5793 de Corrientes, se halla “El Copetín”. Allí saluda a Canaro que está en la vereda en su kiosco de diarios y revistas, a veces acompañado de su hija Adela. Canaro, siempre tan amable, y que para Ricardo es parte de esa esquina.

A la vuelta, sobre Juan B. Justo, como yendo a la calle Villarroel, se encuentra el surtidor de nafta YPF, está en la vereda y es atendido por papá Ricardo (sí, padre e hijo de igual nombre). Cuando tiene tiempo consume un cafecito en El Copetín junto  a sus amigos y a su hermano Luis, que es el tío Luis, que es fotógrafo y al que Ricardo niño ayuda en el revelado de fotos. En su vida de adulto Ricardo supo ser fotógrafo profesional de eventos sociales y deportivos del barrio y muchas de sus tomas fotográficas son de edificios y calles y tienen su espacio en los dos libros de Francavilla sobre Villa Crespo.

Ricardo, como todo chico curioso y habilidoso, también sabe ser “ayudante” de su papá en el surtidor.

Papá Ricardo tiene otro oficio que es el de enfermero particular y una vocación amateur que es el dibujo a lápiz, pericia que le sirve para retratar a los parroquianos del café, sean habitúes u ocasionales.

El vermuth de los sábados al mediodía es momento propicio de reunión y qué mejor lugar que El Copetín. Se dan cita los comerciantes y demás trabajadores cercanos al bar. Una tradición que se mantiene  a través de muchos años.

Donde termina El Copetín sobre Juan B. Justo, al 2556, está, en el recuerdo, el negocio El Vitraux y un poquito más allá la fábrica El Changuito, que elabora changuitos, ese carro manual que se utilizaba en esos años para ir a la feria municipal o a los almacenes.

En El Vitraux los deudos encargan imágenes votivas, especialmente de santos y ángeles, para ser colocados en las bóvedas funerarias de los cementerios, en especial en el de Chacarita. También las iglesias católicas del barrio les confian pedidos para revestir determinados lugares sacros. Todo es artesanal, Enrique es el encargado de confeccionar el dibujo, vaya a saberse cuál sería su inspiración o de dónde saca las ideas (o de dónde las copiaba). En un momento del proceso “las imágenes las pasaban por el horno”, rememora Ricardo y ve nuevamente lo que vieron sus ojos infantiles, para después Don Ramón García enmarcar las imágenes con plomo.

Con Ricardo volvemos sobre nuestros pasos pero seguimos suspendidos en esos años pasados y llegamos nuevamente a la esquina. Entramos a El Copetín. A la derecha el sector de los Reservados, con ventana sobre Av. Corrientes. Al frente, algunas mesas y el mostrador donde un mozo recoge los pocillos con café, los platitos y todo lo que le hayan encargado, quizá al grito de “mozo, un café”. Coloca todo sobre su bandeja y en forma certera y sin equivocarse acerca el pedido a cada uno de los parroquianos.

A la izquierda se hallan ¡seis mesas de billar! Es el lugar de recreo para muchos luego de tanto trajinar en el trabajo y en enfrentar obligaciones, y además queda cerca de sus hogares.

No hay necesidad de ir al centro, al Bar Los 36 Billares en  Av. de Mayo al 1200, entre Salta y Santiago del Estero. Hay billares en Villa Crespo, son seis ¡y a mucha honra!

Los billares, instalados en aquellos años del ´40 y ´50, donde los hombres asistían y jugaban con traje de solapas anchas y corbata al tono, muchos con pañuelo en el bolsillo superior del saco. Todos con sombrero o gorro.

Los billares brillaron en El Copetín hasta 1965, aproximadamente.

Luego esos hombres fueron acompañados al Café por sus familias en los ´60 y ´70 y después … los tiempos cambian y los comercios y sus rubros también. El Copetín cerró y fue reemplazado por el Restaurant Parrilla Bariloche.

 

Ricardo Figueroa (h). Atrás la esquina de Juan B. Justo y Corrientes (foto EHB marzo 2022)

Historia de esta esquina

Los recuerdos de Ricardo Figueroa, ese recomponer imágenes para armar sitios y tiempos, llegan hasta los ´40 pero esta esquina tiene una historia que nos retrotrae a comienzos del siglo XX.

Antes de la existencia del Café Bar El Copetín, negocios anteriores se habían instalado en esa esquina. Memoriosos sostienen, aunque no hay fechas ciertas, que quizá durante o después de la primera década del siglo XX, se establece una sastrería. Si así fuera, debió ser un local con vivienda incluída, nadie se iba a aventurar a inaugurar un negocio a la calle en esa zona “pegada” al Maldonado. Se especializaba en prendas de vestir masculinas con estricta terminación a mano, diseñadas para hombres elegantes. Estimo que las prendas se confeccionaban allí y que eran llevadas a los señores que vivirían no muy cerca. Para la época, este sector era un suburbio. Por lo visto no duró mucho tiempo ya que muy pronto hay noticias que en el solar se inaugura el primer Café. Al estar a orillas del Arroyo Maldonado, lo lógico es que fuera sitio de malandrines y de gente de “dudosa moralidad”. Acaso, supongo que para los años ´20 de ese siglo, haya sido uno de los sitios que frecuentaba el guapo El Títere (sí, el del poema de Jorge Luis Borges). Con la pronta llegada de los obreros con sus familias, el Café va dejando de lado su aspecto funesto y pasa a ser más cercano a un Bar concurrido por trabajadores que se detienen allí para “tomarse algo fuerte” y recuperar las fuerzas y la autoestima.

Con nuevos dueños, seguramente, y con el nombre de “Rosedal”, el local toma un cariz más definido hacia, digamos, lo romántico. Se agregan reservados que, para ser más discretos dan hacia Juan B. Justo, y es lugar de encuentro de encantadoras y ocultas citas de parejas.

Llegamos al ´40 y a El Copetín, luego en los ´70 a la parrilla Bariloche. Posteriormente se instala una estación de servicio que fuera cerrada por un problema ya mencionado. Una esquina con tanto movimiento, estimo, a su debido tiempo será reacondicionada y embellecida.

Hoy es una esquina que espera.

 

 Por Eduardo Horacio Bolan

eduardobolan@gmail.com

sábado, 16 de enero de 2021

UNA CALLE EN VILLA CRESPO: JUFRÉ VISTA POR CARLOS LEVIN

 UNA CALLE EN VILLA CRESPO: JUFRÉ VISTA POR CARLOS LEVIN

Nuestros recuerdos pueden llevarnos a muchos lugares, uno de ellos puede ser una calle, unos pocos metros donde se desarrolla toda una vida.

 Una calle en Buenos Aires

Carlos Levín tiene una memoria prodigiosa, no tanto de lo que sucedió ayer o la semana anterior sino por lo vivido en décadas pasadas.

“Siempre añoramos algo de nuestro pasado” dice su escrito presentado aquel 15 de diciembre de 1990 cuando, en forma conjunta, nos presentamos, en una charla abierta a los vecinos dada en la Biblioteca Popular Alberdi.

Carlos Levín y el autor de esta nota el 15 de diciembre de 1990 en la charla dada en la 
Biblioteca Popular Alberdi (Acevedo 666, Villa Crespo) (Foto GG)

Mi participación era conversar sobre la Historia de Villa Crespo, tratando de que no quedaran en el olvido los estudios realizados por los historiadores del barrio: Diego del Pino y Cayetano Francavilla.

Mario Rubín, que supo integrar el equipo de basketball del Club Villa Crespo, y Emilio Menini, dos personas amantes del barrio, nos contactaron, a Carlos y a mí, y nos abrieron las puertas de esa admirable institución cultural.

La propuesta de Carlos Levín fue presentar su poema “Una calle en Buenos Aires” hecha canción, con música de José Chacoma.


José Chacoma en la guitarra, Carlos Levín y el autor de esta nota (Foto GG)


“No me considero poeta, lo que me gusta son las palabras. De chico me gustaba redactar cartas. Escribo vivencias, sobre personas que conocí, acontecimientos que me impactaron, lo vivido”, me dice Carlos.

“Escribo y en mi mente escucho la música para esa letra. Al escribir me “suena” la melodía, ya sea para tango o para folclore”, acota.

Al no saber cómo plasmar en el pentagrama esas composiciones musicales que creaba en su mente obtuvo la colaboración de diversos músicos para hacer realidad su cancionero.

En la presentación de “Una calle…” comentaba a los asistentes sus remembranzas, hechos poesía, esos que sirven para visualizar una época y darle valor testimonial:

“Fue escrita recordando viejas costumbres, como la venta de pavos vivos para Navidad. Pasaban con los animales por la calle, el cliente elegía uno y el vendedor lo cazaba con un alambre y se lo entregaba. O al de la leche que llegaba por Gurruchaga con la vaquita. Si uno tardaba en ir a buscar la taza y los diez centavos, lo alcanza recién frente a Iglesia San José.

Cuando uno es niño se le graban opiniones vertidas sobre el carácter de algún vecino  o sobre la actitud que tomaba alguno de ellos.

Como en la letra de una canción no es posible nombrar a todos, quiero decir que estos recuerdos abarcan a cada una de esas familias que habitaba la cuadra Jufré al 600, mi cuadra.”

 

Fragmentos del poema, escogidos y desordenados por EHB

Comienza con una evocación:

“Jufré del ´40 y tantos

quimera del porteño aquel,

del tano hacerse la América

gallego, judío, árabe o japonés.”

Carlos aclara que no había japoneses en su cuadra pero sí en el barrio.

Continúa el poema con un rumor de trabajo que posee el encanto de la emoción:

“Doña María el consejo

como una madre querida.

Juan el almacenero,

Don Domingo el peluquero,

la verdura de Ricardo

aunque fuera de Acevedo.

Amado, en el verano,

vendiendo barras de hielo”

Ecos casi melancólicos y expresivos de sus moradores:

“La señora alta del balcón

tan buena de corazón,

los desmayos de Josefa,

las peleas de mi vieja.

La maestra, sus enojos.

Gregorio las inyecciones

con su mamá tan enferma.”

Sencillez en la expresión:

“El arbusto de mi casa

descanso de mariposas,

la higuera grande de al lado

cuyos frutos regalaban.

Fogata de Pedro y Pablo

todos colaboraban.

El autito de la cana

o el botón de la parada.”

Una realidad que, acaso, lo hiere y no comprende:

“Paraísos, adoquines,

y ni un piso de burgués.

Los que se hicieron de guita

del barrio se las tomaron.”

Para luego decir:

“pero vino el progreso

desalojos de por medio”

Gustos infantiles y recuerdos:

“El helado Scanapieco

se tomaba en la Avenida

mientras pasaba el tranvía,

de cuando en cuando, un mateo.”

En su mente de palabras y música no hay artificio:

“Ya no cantan más los gallos

ni hay quintitas en las casas,

en Navidad ya no hay pavos

no hay carrito de lechero

ni leche al pie de la vaca

por la calle Gurruchaga.

Los que se hicieron de guita

del barrio se las tomaron.

La vida sigue su curso

pero nunca olvidaré”

 

Al darle a Chacoma el poema para musicalizarlo, éste le dijo: “es un chorizo” y le aconsejó que parte sea recitada y la otra cantada. Así se grabó e integró el álbum de música “Canciones con opinión” que apareció en formato cassette (¡aquellos años 80!) y a pesar de todo, su extensión supera los ocho minutos.

 

Letra y música

El repertorio de su cancionero le pertenece en gran medida pero también obtuvo numerosas colaboraciones de destacados músicos que lo ayudaron en los arreglos y le trasladaron en partituras sus composiciones musicales.

         

                                                    CD "Guitarrita de los pobres"


Jorge Gordillo, virtuoso del violín, realizó la música de la chacarera “Cambiar la suerte”.

En guitarra fue acompañado por Ángel Contópulos, que le grabó varios temas como cantante.

También en guitarra y arreglos tuvo la colaboración del correntino Pascual Verón.

En el poemario de Levín no podía faltar el recuerdo hacia uno de los cafés más emblemáticos del barrio de Villa Crespo. Ese Café ABC legendario, lindante con Palermo, de encuentro de los vecinos, donde supo tocar Osvaldo Pugliese. Hoy ya no existe pero supo ocupar la esquina de Canning y Rivera (hoy Av. Raúl Scalabrini Ortiz y Av. Córdoba,) El poema “Café ABC” fue hecho tango y cantado por Ramón Cáceres.

En la zamba “Guitarrita de los pobres” la música pertenece a Sergio Morra.

“El cantor popular”, en ritmo musical retumbo, rinde homenaje al cantor, compositor y escritor Horacio Guarany (1925-2017), siendo cantado por Horacio Pérez.

En diferentes temas fue acompañado en el piano por Tito Ferrari, en contrabajo por Roberto Ruiz y Juan Carlos Dubois y en bandoneón por Víctor Solari y Rubén Serra.






Hasta el mismísimo Armando Laborde grabó un tango de la autoría de Carlos Levín.

Laborde nació bajo el nombre José Atilio Dattoli (27 de abril 1922 – 1996) Desde pequeño sobresalió como cantante de tangos. En los escenarios donde era convocado se cambiaba constantemente el nombre artístico, no se decidía por uno. Eran años donde era frecuente que los artistas se renombraran con un nombre artístico, no el que figuraba en el documento de identidad (Libreta de Enrolamiento o Libreta Cívica). Al ingresar a la Orquesta de Juan “El Rey del compás” D´Arienzo este emblemático músico de tango le urgió que se decidiera cómo debía llamarse de ahí en más, pero Dattoli no lo hacía. En una de las giras que realizaba la orquesta en Uruguay, D´Arienzo, en el trayecto de un viaje en taxi junto con su cantante, le pregunta al chofer cuál era su nombre. “Armando Laborde” le responde el taxista y así quedó sellado el nombre del destino artístico de este cantante. Esta anécdota fue corroborada también por Silvia, la esposa de Armando Laborde. Además de la orquesta de Juan D´Arienzo supo cantar  con las de Héctor Varela y Alberto Di Paulo.

El tema elegido por Laborde con letra y música de Carlos Levín fue el tango “De regreso”. Todo un símbolo ya que hacía diez años que no grababa un tema y fue su última interpretación.

Silvia Laborde le grabó dos tangos a Levín: “Pichuco, el ángel” y “No pasa nada” (tango reo… con perdón de la palabra, acota Carlos Levín).

 

Familia

“Nací el 15 junio de 1940 en el Hospital Rivadavia”  rememora Carlos Levín, “así, sin segundo nombre” me dice y sonríe al recordar su niñez con papá Julio, de oficio sastre, y mamá Teresa, ambos nacidos en Polonia. Su primer año de vida lo vivió en la calle Gallo, entre la Av. Córdoba y Cabrera, junto a su hermano Marcos. Luego vendría su hermana Luisa (“Lea”).

En 1941 la familia se mudó a Jufré 614. Hasta sus cuatro años allí vivieron para luego mudarse a la esquina, Jufré 690, casi Gurruchaga.

A partir de sus diez años, hasta hoy, Carlos habita en Jufré al 500, a mitad de cuadra. Allí se casó con María Eugenia Kyropulos, de esta unión nacieron sus hijos Daniel y Mariano.

 

Firmes convicciones políticas

Carlos Levín recuerda que entre el 23 y 24 de setiembre de 1959, durante la presidencia de Arturo Frondizi, se produjo unos de los tantos paros generales que se llevaban a cabo. En esa oportunidad cayó preso por repartir volantes políticos a favor de la huelga.

En su corto período presidencial (1958-1962) Frondizi sufrió cinco paros generales.

Con sus 19 años, Carlos Levín, militaba en la Federación Juvenil Comunista. La FJC o La Fede, como se la conocía, había sido fundada en 1921 con la idea de impulsar la ideología comunista en Argentina.

Por repartir panfletos fue llevado a la Comisaría 23 (Av. Santa Fe y Gurruchaga). Allí permaneció dos días. Luego fue trasladado al Departamento Central de Policía (Moreno 1502) donde surgieron sus encendidos versos:

“Nos llaman antisociales

pues luchamos

por el pan, la libertad

y no aflojamos.

La oligarquía imperialista

patalea decadente

porque la clase obrera y el pueblo

formamos nuestro frente

y en momentos decisivos de la lucha

nos encarcelan y nos confinan.”

Estas estrofas fueron dichas ante sus compañeros de infortunio, entre los que se encontraban el dirigente sindical y peronista Andrés “el Negro” Framini y el Secretario del Sindicato de la Construcción Rubens Libertario Íscaro, de orientación comunista.

Otros dos días “a la sombra” y el nuevo destino de Carlos Levín fue la cárcel de Villa Devoto.

Un par de días estuvo recluído allí y como castigo, no ya por repartir panfletos sino por su ideología marxista fue movilizado en avión militar.

Del aeropuerto de El Palomar dos aviones tenían su destino prefijado. Uno, el que trasladaba a peronistas, iría a la Colonia Penal de Santa Rosa (provincia de La Pampa) y el que llevaba a los izquierdistas al penal de Viedma. Por impericia en las directivas, el que transportaba a los “zurdos” terminó en Santa Rosa. Allí pernoctaron en la enfermería para no ser mezclarlos con los peronistas.

Framini, que en 1962 ganaría las elecciones como gobernador de la provincia de Buenos Aires pero no lo dejaron asumir, cumplió en el Penal de Santa Rosa uno de sus tres arrestos sufridos en ese año 1959.

Para enmendar la equivocación del lugar de destino, los aviones militares, finalmente, lograron su objetivo y Carlos fue a parar a Viedma.

“Tenemos fama de ser organizados”, me dice Carlos en relación a lo que pensaba la gente de los miembros de “el partido”. A él le toco organizar a sus compañeros de infortunio (no solo a sus camaradas porque también había reclusos “trotskistas” -los de la IV Internacional-) en el ejercicio físico diario y levantarse a horario.

Poco antes de la Navidad, de ese año, fue liberado.

Su ideología no la ha cambiado y cree firmemente que la igualdad llegará de la mano de las masas, del sujeto colectivo.

 

Museo de Villa Crespo

Continúa con su firme idea de hacer realidad un Museo para Villa Crespo. Desde hace 50 años, me comenta, recoge lo que muchos dejan abandonado, objetos que ya no les sirve a los vecinos y que son representativos del barrio: carteles, fotos, documentación y cosas que hacen a la cultural barrial.

Como muchos otras personas, ama la historia de las calles que transita y la de los habitantes del barrio.

Este poeta, con su visión ocular hoy muy disminuída, que dice no escribir poesías sino recuerdos y homenajes a personas y situaciones queridas, no olvida lo que vivió y como en aquel 15 de diciembre de 1990 nos vuelve a decir: “aun puedo recordarlo”.


Por Eduardo Horacio Bolan