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viernes, 13 de mayo de 2022

LOS LÍMITES DE VILLA CRESPO DESDE SUS INICIOS

 

LOS LÍMITES DE VILLA CRESPO DESDE SUS INICIOS

Por Eduardo Horacio Bolan

Las guerras y conflictos entre hermanos argentinos no concluyen en la Batalla de Caseros (1852), ni en la sanción de la Constitución Nacional (1853), ni siquiera en la Batalla de Pavón (1861). Nicolás Avellaneda, en las postrimerías de su presidencia (1880), viendo que la “cuestión Capital” seguía sin resolverse y el Gobernador de Buenos Aires, Carlos Tejedor, se presenta como líder en la sublevación de Buenos Aires para con el resto del país, ordena que el Ejército Nacional avance sobre la Ciudad de Buenos Aires con el fin de socavar la idea separatista.

El Presidente Avellaneda instala en el pueblo de Belgrano la sede provisoria de su gobierno nacional. Nombra como ministro de Guerra y Marina a Carlos Pellegrini que acantona sus tropas en la zona conocida como Chacrita de los Colegiales. Luego de varios días (del 12 al 23 de junio) de intensos y cruentos combates, Tejedor desiste de su postura y renuncia al cargo. A los pocos meses (21 setiembre 1880) el Congreso Nacional sanciona la Ley de Federalización de Buenos Aires Nº 1029, donde se declara Capital de la República a la Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires. Ley que es aprobada en el solar del actual Museo Histórico Sarmiento (calle Cuba 2079).

Es en este período cuando se promueve y se facilita que los extranjeros ingresen al país para incorporarse a la población autóctona. Si hacia 1874 la llegada de inmigrantes solo alcanza la cifra de  70.000, especialmente italianos y españoles, es entre 1880 y albores del s. XX cuando se amplía a 1.500.000 personas (cifras aproximadas) provenientes de innumerables regiones del planeta, con sus propios idiomas, costumbres y religiones.

En 1887 se dicta la Ley Nacional 2089 donde se incorporan los municipios bonaerenses de San José de Flores y Belgrano a la Capital Federal

 

Antes de antes

Lo que actualmente corresponde al barrio de Villa Crespo y aledaños, eran parajes campestres. Se alternaban quintas con baldíos, como el hueco de Loyola, potreros, bañados, zanjones, algunos establecimientos de hornos de ladrillo y ciertas residencias veraniegas de porteños pudientes, aunque no alcanzaran el prestigio de sus vecinos del pueblo de Belgrano.

Los primeros pobladores de esas quintas, criollos en su origen a los cuales muy pronto se les suman italianos y españoles, cultivaban todo tipo de verduras y frutas. Estas quintas son más pequeñas que las chacras, sus medidas podrían alcanzar las 500 varas (entre 300 y 450 metros) de frente y una legua de fondo (alrededor de 5.000 m.) y es por eso que en algún caso se las conoce como “chacritas”. El vocablo chacra proviene del quechua “chajra” y en Brasil se las llaman chácara. La más renombrada es la “chacrita de los Padres” (por la Compañía de Jesús, siglos XVII y XVIII), luego denominada “chacrita de los Colegiales” (por los alumnos del Colegio Nacional Buenos Aires).

Estos lares no están tan alejados del centro porteño y sirven para aprovisionarse de hortalizas y frutas frescas. No es un buen destino para una salida ocasional o almuerzo campestre pero sí para esparcimiento prolongado. Desde la Plaza de la Victoria y en carruaje se puede circular por Córdoba y a la altura de la Calle Larga del Ministro Inglés (Scalabrini Ortiz) se dobla a la izquierda. El viaje realizado, de unos seis kilómetros, les habrá llevado unas cinco horas aproximadamente y los viajeros ya se encuentran en terrenos apartados pero, al mismo tiempo, cercanos al Cabildo. Varios vecinos con cierto bienestar económico saben apreciar el buen clima y la cercanía/lejanía del “barullo céntrico” porteño de antaño. Muchos adquieren terrenos próximos  a ese camino ancho, que luego se llamaría Triunvirato, pero que en esos años se denomina Boulevard Corrientes (fines siglo XIX), y los convierten en sus solares de sosiego veraniego. Son parcelas donde la naturaleza regala parras de treinta metros de altura y el aporte humano las recorta para adornar los jardines con agregados de arbustos trepadores como los  jazmines y plantas de rosales. Todo esto acompañado de los cantos de los pájaros y un cielo enorme.

Así se va conformando un nuevo paisaje con quintas como las de Balcarce, Juan Shaw, la del Dr. Dufour, Lebrero, la del diplomático inglés Henry Sourthern, Rafael Comastri y tantísimas más.

 

Límite naciente

Para orientar en tiempo y espacio al lector y por dar una fecha importante como es el 3 de junio de 1888, los límites reconocidos de la incipiente barriada se podrían llegar a delimitar entre las calles Boulevar Corrientes (Av. Corrientes), Ministro Inglés (Av. Scalabrini Ortiz), Camino de Moreno (Av. Warnes) y el Arroyo Maldonado (Av. Juan B. Justo, aproximadamente, ya que en esos años el arroyo no tenía el mismo trazado que cuando es entubado en décadas posteriores).

La fecha mencionada no es caprichosa. Ese día se coloca la piedra fundamental de la Fábrica Nacional de Calzado en la calle Cuyo (actual Padilla) siendo apadrinada por el Intendente de la Capital Federal Antonio Crespo. Queda estipulada en la Historia como el nacimiento del Barrio de Villa Crespo.

Apenas un par de años atrás (1886) Salvador Benedit, gerente de esa Sociedad Anónima con sede en la calle céntrica Chacabuco 25, compra los terrenos donde edificará la Fábrica de Calzado que dará ese impulso inicial a la zona.

Son vecindarios, no son barrios todavía, ni siquiera parroquias. Tal es así que en el listado de aquellos años figuran Villa Alvear (incorporada actualmente al barrio de Palermo) y Villa Malcolm (a los pocos años ya es anexada a Villa Crespo).

Los mismos vecinos pueden considerar “su lugar” al cruce de dos arterias y las manzanas que las comprenden y hasta, quizá, a dos o tres cuadras. Son pequeños grupos urbanos de trabajadores (en muchos casos con sus familias) que acaso reflexionan que si trabajan y duermen en dos calles a la redonda irse a tomar “un traguito” al almacén cruzando determinada arteria hace que ya se encuentran en otra barriada.

Los obreros de la Fábrica son estimulados por los rematadores para adquirir lotes para la construcción de sus propias viviendas, pagaderos a largo plazo. También son ayudados por la política emprendedora de Salvador Benedit que adquiere más terrenos para abrir nuevas calles y urbanizar los alrededores de la fábrica. De esta manera los obreros viven “ahí nomás” de su lugar de trabajo y se evitan viajes de otros poblados, lo cual beneficia a la empresa que pretende trabajadores permanentes, y no pasajeros, para una mejor producción.

La construcción de las viviendas se realiza con diez mil ladrillos que son abastecidos por los propios vendedores. Se trabaja de lunes a sábado y el domingo es utilizado por los nuevos propietarios para levantar su casa. En muchos casos son ayudados por amigos y compañeros, o sea por otros operarios.

No es la gran vivienda. La típica casa de esos años consta de una habitación de cuatro por cuatro, cocina y baño. Seguramente la gran mayoría deja los ladrillos a la vista, sin revocar (“sin revoque en las paredes, a la luz de un farolito”, en el decir de Pascual Contursi en su tango “Bandoneón arrabalero”). También hay lugar para un pequeño terrenito en el frente, que algunos convierten en jardín…

 

Ampliación y reducción

En afán de incrementar ingresos y al mismo tiempo beneficiar y facilitarles la vida a los pobladores de esta zona del noroeste de la Capital, las compañías de tramways se expanden y prolongan las vías de sus servicios. Lejos quedó así el triste recuerdo de los tranvías fúnebres que transportaban los cadáveres, que se acumulaban en el centro porteño producto de la fiebre amarilla de 1871, al Cementerio del Oeste (Chacarita).

En 1928 la Ciudad es demarcada en 15 divisiones (el equivalente a las Comunas actuales) y 77 secciones (podrían equipararse a los barrios), pero los funcionarios siguen sin establecer con certeza ni la cantidad de las barriadas ni sus límites.

(Foto AGN año 1935. Triunvirato al 800(actual Av. Corrientes al 5500. Convivencia de diversos transportes: 
tracción a sangre, trolebús, colectivo y peatón cruzando a media cuadra sobre adoquines colocados 
en forma pareja para un buen transitar. Atrás, la fachada del Cine Villa Crespo)

Carlos A(rtagnan) Petit supo escribir los sencillos versos “Los cien barrios porteños” que musicalizara Rodolfo Schiammarella (vals de 1945) y que inmortalizara Alberto Castillo con su famoso recitado al comienzo:

 “Yo soy parte de mi pueblo

y le debo lo que soy;

hablo con su mismo verbo

y canto con su misma voz (…)

He querido brindarle a los barrios

un sincero homenaje de amor.

Cada uno me trae un recuerdo,

cada uno me da una emoción;

he querido rendirle a los barrios

un sincero homenaje de amor.”

 Luego pasa a nombrar veintiún barrios.

Esta falta de conocer con exactitud la cantidad de barrios porteños tiene su base desde la misma  Municipalidad. A fines de 1950 el Plan Regulador municipal sostiene que coexisten 44 barrios, y agrega “aproximadamente”.

Hay un nuevo intento por organizar en divisiones a la Ciudad en 1968. Por Ordenanza 23.6968, Villa Crespo ve ampliado sus límites: Av. Córdoba, Av. Estado de Israel, Av. Ángel Gallardo, Av. San Martín, Paysandú, Av. Warnes, Av. Dorrego, Bonpland.

Así cada uno de los barrios va tomando forma, pero las discusiones siguen por problemas limítrofes.

Por ende mucho no duró la demarcación anterior y en apenas cuatro años (1972) la Ordenanza 26.607 establece nuevas delimitaciones barriales con una variante muy importante para nuestra barriada en cuestión: Av. Córdoba, Av. Estado de Israel, Av. Ángel Gallardo, Av. San Martín, Paysandú, Av. Warnes, Av. Dorrego, vías del Ferrocarril Gral. San Martín. En este último límite es donde reside una gran incógnita ya que las vías no pertenecen a la Ciudad sino son federales, de la Nación. Mal pueden ser una división entre barrios.

La calle Bonpland quedó para Chacarita, por lo tanto El Mirador de Comastri, por nombrar a un edificio emblemático, ya no se encuentra comprendido dentro de  Villa Crespo.

Por esta Ordenanza de 1972 quedan homologados cuarenta y seis barrios, cantidad que se ve aumentada por la posterior incorporación (1976) de Parque Chas y Puerto Madero. Da un total de cuarenta y ocho.

 

(Foto AGN de 1935. Corrientes y las vías del ferrocarril Gral. San Martín, 
vista aérea mirando hacia Chacarita. En primer plano el colectivo 65)

Problemática actual

Sin duda la segregación de Bonpland como pérdida de límite con Chacarita trajo aparejado malestar a los villacrespenses, un poco atenuado al lograr cambiar la denominación a la estación del ferrocarril Gral. San Martín, de Parada Chacarita a Villa Crespo (en el año 2016)

Con el trazado elevado de las vías del San Martín se desmanteló esa estación (todavía no han comenzado las obras de su nueva construcción) y, peor aun, desapareció el límite terrestre. Ahora es aéreo. Es como si el límite fuera el cielo con alguna nube que pasa.

 


 

martes, 25 de mayo de 2021

SOBRE EL EMPEDRADO Y ADOQUINES

 

SOBRE EL EMPEDRADO Y ADOQUINES


En época del Virreynato

Antes de 1776 la hoy Ciudad de Buenos Aires era apenas un caserío, con calles de tierra que se anegaban por efecto de la lluvia. Con el advenimiento de la designación, por parte de la Corona, como capital virreinal, Buenos Aires obtenía el más alto título administrativo que una ciudad de ultramar podía alcanzar. Así pasó a ser una Gran Aldea.

Ya con el Virrey Juan José de Vértiz y Salcedo (1778-1784) se da el primer paso importante para mejorar el estado deplorable de las arterias, que se convertían en lodazales con las lluvias y dificultaban el tránsito de caballos y bueyes y también de los pocos transeúntes.

Los vecinos más adinerados que eran los que integraban el Cabildo, se propusieron mejorar el desplazamiento por las calles. Solicitaron y lograron ante ese organismo público que sean traídas piedras desde Colonia del Sacramento, del otro lado del Río, ya que por estas costas no existía en abundancia ese mineral.

Años después, el Regidor Miguel de Azcuénaga, que en años posteriores sería de destacada actuación en las Invasiones Inglesas y en los acontecimientos que derivaron en el 25 de Mayo de 1810, logró que sean traídas más piedras, pero esta vez desde la isla Martín García. Entre los años de 1790 a 1796, siendo Virrey Nicolás de Arredondo, se empedraron treinta y seis calles.

Azcuénaga no se detenía ante impedimentos administrativos y al nuevo Virrey Pedro Melo de Portugal y Villena le solicitó que los beneficios económicos que se obtuvieran de dos corridas de toros sean destinados a la continuidad de las obras del empedrado iniciadas por su antecesor.

La arqueología urbana da fe de lo antedicho, corroborando lo extraído de las Actas del Cabildo por historiadores de nuestra ciudad.

Excavaciones e investigaciones realizadas en este siglo XXI dan cuenta de la veracidad de las Actas al encontrar esos empedrados debajo del actual pavimento en muchas de las calles del “centro de la Ciudad” de aquel entonces, por ejemplo la arteria Bolívar.

La actual Bolívar es de las designadas como “calles históricas”. Su existencia se remonta hacia 1738, cuando se la conocía con otra denominación. Entre 1769 y 1808 llevó el nombre religioso de “Santísima Trinidad”. Bolívar fue la primera arteria que se empedró, siendo el 12 de diciembre de 1780 la fecha de la disposición del Virrey.

Por estudios comparativos se puede determinar cuáles son de la isla Martín García y cuáles de Colonia (hoy República del Uruguay).

 

Paralización de las obras del empedrado

A comienzos de la gobernación de Martín Rodríguez (1821-1824) se completó el empedrado de lo que en esos años se conocía como la ciudad de Buenos Aires, bajo las directivas de su ministro Bernardino Rivadavia.

Debieron transcurrir tres décadas o más de ese siglo XIX para que los gobiernos reconsideraran ampliar el mejoramiento de las arterias.

Los trastornos que se ocasionaban producto de las precipitaciones hacían dificultoso el tránsito en las calles y caminos que no estaban empedrados. Ahí nomás, cerca del “centro”.

Transitar por ese Buenos Aires pequeño, de pocas calles, no era sencillo con esas piedras irregulares del empedrado o esos caminos de lodo. Ir a las quintas a unos pocos kilómetros para proveerse los porteños de verduras y vegetales era toda una proeza muy costosa, en lo económico y en el tiempo que demandaba.

Existían especies de puentes para cruzar determinadas calles o vías profundas. En Villa Crespo todavía se recuerda al del Camino de Moreno emplazado en la actual Warnes para cruzar el Arroyo Maldonado.

Por supuesto no era esta la gran solución, solo un paliativo.

 

El sistema del pavimento macadam en el hoy Villa Crespo

Ese primer pavimento constituído por piezas de piedra de formas y tamaños varios eran colocados sobre arena, traída del rio, o directamente sobre la tierra. Con las lluvias nuestro suelo porteño cedía y las piedras se hundían con el trajinar de las carretas. Había que volverlas a colocar o quedaban así y era muy dificultoso transitar.

Se reemplazó este método, en la década de 1890, por uno utilizado en Turín, Italia. Eran losas de granito de unos 50 cms. de ancho y 1,30 m. de largo. Con el uso de los carros se desplazaban y hacían la vía intransitable.

En parajes “lejanos” del centro porteño, por ejemplo Villa Crespo, se había comenzado a utilizar, hacia fines del siglo XIX, el sistema denominado “macadam”, conocido así por ser un invento del escocés John McAdam constructor de carreteras. Este sistema, que  ya se utilizaba en Estados Unidos desde 1823, consistía en colocar piedras de cantera machucadas y trituradas compactas y parejas.

Para la Ciudad de Buenos Aires era muy costosa su construcción y conservación ya que no teníamos piedras y por características de nuestro suelo. Para su perfecta conservación debía regarse con agua para que no levante polvo, pero no mucho riego ya que si era excesivo se corría peligro que la tierra se transforme en barro.

En el año 1898 la Revista Técnica de Ingeniería, Arquitectura, Minería, Industria y Electrónica dirigida por Enrique Chanourdie indicaba lo costoso y poco eficiente de este método de pavimento en nuestro suelo porteño:

También se empleó el mac-adam en ciertos caminos como los que conducen á Flores, Belgrano y Palermo (…) no se evita el desgaste en la parte superior y por consiguiente la conservación permanente que hay que hacer, sin lo cual se destruye rápidamente como sucedió en la calle Rivera de la Avenida Canning hacia el oeste”.

En denominaciones actuales es la interjección de la Av. Córdoba y Av. Raúl Scalbrini Ortiz.

 

El adoquín reemplaza al empedrado

El advenimiento de los “tramways” hacia 1872 hizo que fuera menester mejorar el trazado de las arterias. Para esto se recurrió a unos pequeños bloques rectangulares de granito.

La Municipalidad encomendó (obligó) a los concesionarios de los tramways a colocar esos adoquines en las calles donde circularan sus líneas.

El empedrado había sido muy útil cien años atrás, pero la nueva ciudad de 1880 se extendía y llegaba a parajes inhóspitos. Había que mejorar los caminos para conseguir los objetivos no ya en carretas y en días, sino en transportes modernos como los tranvías tirados por caballos y llegar solo en pocas horas.

El empedrado eran capas de piedras que cubrían el suelo, la tierra.

El adoquín es algo más trabajado, es una piedra labrada en forma de prisma rectangular para la pavimentación de calles. Hacía el terreno más parejo para transitarlo.

Con los adoquines, los tranvías tracción a sangre podían llegar a lugares lejanos (del llamado centro porteño) y difíciles de acceder como los actuales barrios de La Boca, Barracas y, por qué no, alcanzar esos terrenos del Partido de Flores y Belgrano, llegar a Villa Crespo, Chacarita, Belgrano, Núñez.

En la ya mencionada Revista Técnica, donde escribían artículos diversos ingenieros tales como Francisco Seguí, Luis A. Huergo, Juan Pirovano, Otto Krause, Ángel Gallardo y muchos más, el Ing. Carlos M. Morales opina que el mejor para nuestra ciudad es el adoquinado llamado “inglés”.

Este tipo de adoquín fue el utilizado por el Intendente de la Ciudad de Buenos Aires Don Tocuato de Alvear (1883-1887) durante su gestión.

En 1893 se colocó el adoquinado de granito con base de concreto, mejor a los todos los anteriores en todos los sentidos, no presentaba desgaste en el uso ni el peligroso deslizamiento al transitarlo.

En los barrios apartados y con menor tráfico, como el caso de la calle Rioja (hoy La Rioja) en el barrio de Balvanera hacia Parque Patricios y, con total seguridad, los recién anexados partidos de Flores y Belgrano, el adoquín que se utilizó fue el granito con base de hormigón (más económicos pero igual de duraderos).

El pavimento que no dio resultado positivo fueron los adoquines de madera, había que cambiarlos a los pocos años, solo era aconsejable los confeccionados con algarrobo.

También a fines del siglo XIX se empleaba el pavimento de asfalto, aunque no era aconsejable por su alto costo y fácil deslizamiento al transitarlo.

Adoquines de la calle Aguirre al 400 (Barrio de Villa Crespo) Foto GG

 

Adoquines Manuel de Acevedo al 600 (foto GG)

El adoquín, hoy

Si es de nuestro gusto hoy podemos adquirir adoquines, por internet si no queremos movernos mucho, ya sea de piedra, de madera.

Lo podemos utilizar para hacer más vistosa la entrada al inmueble (hogar) o a los ambientes que sean de nuestro agrado (jardín, quincho), ya sean rústicos o de la variedad que elijamos. Es un accesorio más de decoración, en definitiva.

Para los nostálgicos que extrañan en todas las arterias el afirmado con adoquines, siempre tendrán alguna calle que los conserve. Muchas veces se encuentran debajo del pavimento de asfalto o quizá ya no estén porque alguien los vendió.

Esos adoquines por lo que tantas veces hemos caminado están presentes, al menos en nuestra memoria.

 Por Eduardo Horacio Bolan

eduardobolan@gmail.com