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sábado, 9 de abril de 2022

LEOPOLDO MARECHAL Y LA HISTORIA DE LA CALLE CORRIENTES

 

LEOPOLDO MARECHAL Y LA HISTORIA DE LA CALLE CORRIENTES

   Por Eduardo Horacio Bolan

 Leopoldo Marechal posee una prodigiosa y dilatada producción escrita. Bien es muy conocido como poeta, cuentista, novelista y autor de obras de teatro. Así también supo destacarse como ensayista, acaso, yo diría, acercándose al historiador, aunque esta faceta no es tan percibida como las anteriores.

Su obra “La Historia de la calle Corrientes”, no por ser menos difundida es de menor trascendencia. Es el resultado de una encomienda que le fue propuesta, dado su prestigio.

 

Marechal y un encargo muy especial

A partir de 1931 la calle Corrientes angosta comienza a cambiar su fisonomía, en el momento que José Guerrico, por entonces Intendente de la Capital Federal (1930-1932), da la orden de comenzar el emprendimiento de ensanchar esa calle. Su continuador en esa tarea es Mariano de Vedia y Mitre, que ocupa el cargo de Intendente entre 1932 y 1938, siendo nombrado como tal por el Presidente de la Nación Agustín P. Justo que además de ser político y militar es ingeniero civil habiéndose recibido en la Universidad de Buenos Aires.

La labor desarrollada por de Vedia y Mitre es muy vasta, va, por dar un breve listado, desde la construcción del Hospital Argerich y mejoramientos edilicios de otros nosocomios hasta concluir con el entubado del Arroyo Maldonado en 1936 y el comienzo del emplazamiento, sobre esa faena, de una avenida (Juan B. Justo) que en sus inicios es de tierra. A pesar de esta importante mejora las inundaciones no cesaron hasta principiar el siglo XXI.

Las obras públicas llevadas a cabo por este intendente son numerosas pero, sin ser original en mi elección, la más recordada de este período es la construcción del Obelisco de Buenos Aires (1936), muy criticada en su momento y que hoy es un ícono de la Ciudad.

Para celebrar a la calle Corrientes y a su importancia y tradición porteña, de Vedia y Mitre idea y elabora un homenaje entre histórico, sociológico y literario. Para concretar este proyecto encomienda la redacción de “Historia de la calle Corrientes” a Leopoldo Marechal, que ya por esos años es un reconocido (aun antes de publicar “Adán Buenosayres”) poeta (“Los aguiluchos”, Días como flechas”, “Odas para el hombre y la mujer”) y literato (publica en revistas como “Proa”, “Martín Fierro”, diario “El Mundo”).

Voy a dejar que el mismo Leopoldo Marechal nos comente el encargo que le efectuaron: “En 1936, con motivo del cuarto centenario de la fundación de Buenos Aires por don Pedro de Mendoza, el entonces intendente municipal doctor Mariano de Vedia y Mitre me invitó a escribir una Historia de la calle Corrientes, la cual, aun bajo las piquetas de la demolición, entraba ya en la última etapa de su ensanche.”

Nuestro escritor duda en aceptar este cometido ya que no está dentro de su habitual terreno poético y literario (posteriormente incursionará en lo teatral) donde es reconocido a nivel nacional e internacional. Este pedido se encuentra más delimitado dentro del ensayo y, como el mismo título del libro lo adelanta, de la Historia.

Duda el escritor pero acepta, convencido de que “la calle Corrientes no era para mí, ni para ningún porteño sensitivo, un tema circunstancial, sino algo así como un escenario de familia donde mi adolescencia y mi juventud habían cumplido algunos de sus gestos más vitales.”

“Historia de la calle Corrientes” de Leopoldo Marechal tiene hasta el momento cuatro ediciones. La primera ve la luz en 1937 y es editada por la Municipalidad de Buenos Aires, luego vendrá la de Paidós en 1967 y la de Arrabal en 1995. Por último y por ende la más actual es la realizada por Dunken (2013), edición bilingüe en español e inglés, un anhelo cumplido de María de los Ángeles Marechal, hija del escritor, que asimismo realiza allí una bio-cronología de su padre.

Cada edición tiene su particularidad, lo que la hace especial.

 


   


Un equipo de primera

Para hacer realidad esta obra diferente, según mi opinión, de las que había llevado a cabo en su pluma y de las que concretaría a lo largo de su vida, obtuvo la colaboración de personas con una amplia experiencia en cada uno de sus rubros.

Doy paso a Marechal para que nos lo haga saber: “Invitados amorosamente a la empresa, Guillermo Moores y Alejo González Garaño (dos porteños de ley) colaboraron con valiosos aportes (…) Horacio Coppola fotografió la calle en todo el dramatismo de sus demoliciones y reconstrucciones (…) y Francisco Colombo imprimió la Historia en su taller.”

Esos “valiosos aportes” son contribuciones bibliográficas y de gráficos “sobre todo de don Alejo, que conservaba de la calle finisecular algunos recuerdos personales de gran frescura”, en el decir de Marechal.

Alejo González Garaño (1877-1946), nacido de una familia tradicional de la Ciudad con vivienda desde 1811 en esa misma calle Corrientes (altura 476), es un prestigioso coleccionista de grabados, pinturas, iconografías, litografías, acuarelas, publicaciones de nuestro pasado nacional y colonial. También sabe destacarse como articulista sobre arte argentino en los periódicos de tirada nacional como La Prensa y La Nación. Además es miembro activo de numerosas instituciones, sociedades  y academias de Historia, numismática, antigüedades, Bellas Artes.

Horacio Coppola (1906-2012), emblema de la fotografía argentina, supo vivir en la calle Esmeralda pero su nacimiento se produce en esa misma calle Corrientes al 3060. En sus primeros años de fotógrafo todo despierta su interés y así quedan reflejados diversos sitios barriales, calles y esquinas, trabajadores, azoteas, escaleras, calles empedradas, los otrora típicos carteles publicitarios municipales de color verde, carromatos, sombras de hombres leyendo el diario, los barcos de La Boca, el reflejo en un charco de agua de una vivienda en el barrio de Palermo (esta toma le hizo expresar a J.L. Borges “¡esto es Buenos Aires!”)

No solo Marechal aprovecha del ojo avizor de Coppola, también Jorge Luis Borges lo elige para la primera edición de su libro Evaristo Carriego, donde se luce la foto tomada en Juan Jaurés y Paraguay.

En 1932 Coppola viaja a Berlín. Se inscribe como alumno en la Bauhaus y traba amistad con Walter Peterhans, del Departamento de Fotografía de esa Escuela de Arte y Arquitectura. Allí conoce y comienza un noviazgo con Grete Stern. Ante el implacable avance nazi deciden, Horacio y Grete, dejar atrás Berlín y pasar a Londres. Horacio es incansable y decide viajar por Europa, donde frecuenta los ateliers de Marc Chagall y Joan Miró.

Horacio y Grete se casan y su destino será Buenos Aires donde seguirán observando y retratando desde sus cámaras fotográficas.

Con su Leica, cámara de origen alemán, colgada en su cuello, Coppola camina y plasma la ciudad, sus habitantes y lugares. Uno de los caminos recurrentes lo llevan por la calle Corrientes desde Once hasta Chacarita. Su mirada se vuelve poesía en sus fotos.

Francisco Colombo (1878-1953) aprende el oficio de tipógrafo desde muy joven. Con veinticuatro años instala su propia imprenta en San Antonio de Areco y al establecimiento le da el nombre de “Colón”, acaso como un juego o reconocimiento a su propio apellido. Esto trajo, quizá, cierta confusión sobre qué libros son los editados por él, ya que en algunos colofones figura Colombo y en otros Colón.

Desde 1929 instala una sucursal de sus talleres gráficos en Hortiguera 552 de la Capital Federal. Algunos de los títulos y autores que salen de su imprenta son: “Cuaderno de San Martín” de Borges y “Papeles de recién venido” de Macedonio Fernández, solo un par para no abrumar al lector. Aunque sin duda lo más recordado de la imprenta Colombo son los diferentes libros salidos de su taller con autoría de Ricardo Güiraldes, “Rosaura” (1922), “Xaimaca” (1923) y en especial el resultado del pedido que le llegara en 1926.  Güiraldes le entrega a Colombo los manuscritos de “Don Segundo Sombra” y le encarga una edición de 1.000 ejemplares. Se dice que Colombo, luego de la lectura del primer capítulo, se entusiasma con la calidad de la obra y por su cuenta y orden aumenta la tirada al doble. Al mes de haber salido a  la venta, julio 1926, se agotan los 2.000 ejemplares.

Es el mismo Marechal que corrobora la importancia de Colombo como imprentero “que se había iniciado a lo grande con la edición príncipe de Don Segundo Sombra”.

 

La Historia de la calle Corrientes

Recorramos esta calle hecha libro junto a Marechal a través de las páginas que él considera necesarias, “me propongo trazar una breve historia de la calle Corrientes”.

El compromiso asumido y la elegancia de nuestro autor se manifiestan desde las páginas iniciales. Su pluma es ágil y amena. Da detalles pero no se detiene en explicaciones tediosas. Desde su Introducción y luego capítulo tras capítulo, hasta el consabido Epílogo, va pergeñando su historia.

Asistimos desde la incógnita del primer nombre de la vía, “nada sabemos acerca del nombre que tuvo la calle hasta los comienzos del siglo XVIII”, hasta ser denominada en un documento de 1808 como “calle que pasa por el costado de San Nicolás” Este nombre largo se debe a que en 1729 se había construido, en un terreno que en la actualidad estaría ubicado en Corrientes y Carlos Pelligrini, una iglesia bajo la advocación de San Nicolás de Bari. Con la ampliación de Corrientes, el trazado de la Av. 9 de Julio y la construcción del Obelisco, esta iglesia es demolida y una nueva es construída, con ese nombre, en Av. Santa Fe 1352.

Página tras página visitamos nuestra Historia al asistir al estudio de nuestra vía. Su escasa y por momentos nula importancia en la Reconquista, la Defensa, Revolución de Mayo. Con los patriotas nuestra calle pasa a ser la frontera norte de la Ciudad. En 1812, Bernardino Rivadavia como secretario de Guerra e integrante del Primer Triunvirato ordena “que la bandera celeste y blanca ondease en la torre de San Nicolás”.

“En 1826 los cafés y otros lugares públicos de la calle ya eran teatro de acaloradas disputas”, nos dice Marechal y nos hace  vivir los tiempos de Rivadavia como Presidente, Rosas, Caseros.

“La calle Corrientes, siempre tardía, se benefició también, aunque a la larga: no tuvo, como la de Victoria, el honor de alumbrarse en 1856 con los primeros picos de gas”.

En 1857 la calle, todavía angosta, se va alargando “más allá de Callao”. Casas de familias tradicionales, establecimientos de peluquerías, de farmacias, corralones, cocherías de “cupés y landós del gran mundo”, confiterías, todo esto nos recrea nuestro autor.

No faltan los teatros, los cafés, hoteles y restaurantes y el muy nombrado y renombrado por Marechal “Royal Keller”, un bar nocturno ubicado en un sótano de Corrientes y Esmeralda. Tampoco se olvida del primer ferrocarril argentino cuyos rieles supieron cursar por Corrientes desde Riobamba “hasta el mercado Once de Septiembre” ni de los tramways y sus conductores.

En el Epílogo, Marechal, nos confiesa “que Corrientes fue y continúa siendo “la calle de la noche” (…) un rito nocturnal que tenía su gallo anunciador del fin en el último tranvía Lacroze que nos devolvía, si lo pescábamos, a la lejana Villa Crespo.”

 

Un texto con la fuerza de lo poético, muy propio de Leopoldo Marechal, donde siempre encuentra esa expresión entre certera y elegante.

 

 Por Eduardo Horacio Bolan

eduardobolan@gmail.com

sábado, 2 de octubre de 2021

LA GLORIETA DE VILLA CRESPO: “LA VICTORIA”, CAFÉ-BAR DE ROSSINI

 

LA GLORIETA DE VILLA CRESPO: “LA VICTORIA”, CAFÉ-BAR DE ROSSINI

Por Eduardo Horacio Bolan

Muchos lugares han quedado en el ideario de Villa Crespo. El Café-Bar y Glorieta “La Victoria” es uno de ellos. Quedan los recuerdos de vecinos habitué al lugar y algún que otro registro, en especial, literario.

El lugar

Triunvirato al 800, sería actualmente Av. Corrientes altura 5560 hasta 5568, entre las calles Gurruchaga y Serrano.

En las primeras décadas del siglo XX, en ese solar, se encontraba un famoso y recordado Café que tenía la particularidad de tener incorporado una glorieta.

La propiedad estaba distribuída en dos sectores diferentes aunque conectados entre sí. Por un lado, era bar y cafetería. Si los vecinos memoriosos lo recuerdan como Bar, entonces disponía de una barra para saborear algún café y seguir su camino. Con seguridad también tenía incorporadas mesas y sillas para sentarse, propias de un café, y así permanecer más tiempo en el lugar. Al lado de este sector se encontraba otro espacio también con mesas y sillas y con una estructura circular al aire libre, seguramente con algún sector techado, algunos árboles, plantas, era la sección de la Glorieta.

Estamos ante el Café Bar y Glorieta ´La Victoria´ de Rossini

Vislumbramos la sección del bar y café, amplio espacio cubierto, con mesas y sillas, sector para bailar con minipalco con gramófono o victrolera (nombre derivado de la empresa que la comercializaba, Victor Talking Machine Company), más conocida en las costas rioplatenses como ´vitrola´. Además de este aparato para escuchar discos, la música se hace presente los sábados y domingos, con la presencia de números de varieté y orquestas de tango que ocupan un palco bajito, casi al ras del suelo. Se arman bailes y hasta concursos de baile, en general de tango, con ganadores y perdedores que no siempre aceptan los resultados y a veces termina en aireadas discusiones donde deben intervenir los agentes de la seccional policial, en aquellos tiempos de la 21º, luego comisaría 27º.

Además entrevemos mesas rectangulares con paño verde para jugar al billar. Ciertas noches algunas de esas mesas se transforman en mesas de juego de naipes, una especie de garito nocturno reducido.

Dejemos este sector y pasemos bajo un gran portón que nos conduce a la glorieta. Su nombre es “La Victoria” pero todos la conocen como la “Glorieta de Rossini”. Allí encontramos una parrilla y numerosas mesas y sillas y otro palco, seguramente techado, este más elevado que los del Café. Es para disfrutar espectáculos, todo tipo de representaciones. Los fines de semana de los meses estivales, desde la tarde/noche, son para reuniones danzantes. Se baila, reitero, generalmente tango. En otros momentos se realizan competencias de lucha libre, peleas pugilísticas y en otros horarios es un gimnasio para el entrenamiento corporal.

Algunos memoriosos aseguran que también había lugar para jugar a las bochas y hasta recuerdan algún cuartucho para guardar cosas del negocio que fuera utilizado para pasar la noche por algún noctámbulo. “Hombre solo” aseguran. Quizá así sea y estos lugares se encontraran semiescondidos por varillas de madera, adornadas con tenue vegetación, que los ocultarían; serían difíciles de distinguir desde donde se realizan los espectáculos.

Estos memoriosos de la segunda centuria del s. XX seguramente sean esos chicos que a comienzo de siglo, por “cinco guita”, saborean el pan humedecido por el juguito que cae de los chorizos colocados en la parrilla encendida de la glorieta.

Puede ser que lo aquí dicho haya tenido lugar en la Glorieta de Rossini en diferentes años, posiblemente al comienzo haya sido más importante el sector de la glorieta y luego surgió el café como lugar de encuentro o, tal vez, la concurrencia a una u otra sección dependiera de las estaciones del año o del clima.

El dueño de la Glorieta

Todos coinciden, en su evocación, que el dueño del negocio es el ´tano´ Rossini, Ciro Rossini. Hombre elegante y alto, simpático de fácil sonrisa franca y conversador, acriollado pero con acento itálico. Hay quienes lo recuerdan con una dentadura perfecta y quizá con el paso de los años y para no perder su buena imagen comienza a utilizar “La Carmela”. Esa loción anticanas inventada en Galicia por el boticario Nemesio López Caro que se comercializa en España desde 1902 como “Loción higiénica”. Llega a Buenos Aires, y de aquí a gran parte de Sudamérica, a fines de la segunda década del s. XX. Unas pocas gotas en el cabello, cada mañana, luego a peinarse y salir a la calle como un varón rejuvenecido.

Con el paso de los años Ciro Rossini decide dejar su negocio y mudarse, por razones de salud, a Mar del Plata donde fallece.

La Glorieta en la literatura

Como otros lugares emblemáticos de Villa Crespo “La Glorieta” queda inmortalizada por la literatura. Es en la obra “Adán Buenosayres” de Leopoldo Marechal donde queda plasmado el lugar y su dueño.

Sin duda alguna Marechal, en sus años mozos, frecuenta el local y se dispensa con Rossini de un muy buen trato. En setiembre de 1969 Marechal expresa en una conferencia: “La glorieta viene a ser el final del viaje que hacen los protagonistas al bajo de Saavedra. (…) Era una glorieta que se abría durante el verano en la calle Triunvirato. Esta glorieta era propiedad de un italiano que se llamaba Ciro Rossini, que yo lo pinto bastante bien ahí, aficionado al bel canto y al arte en general. Entonces nos recibía a todos con mucho agrado y hasta a veces incluso nos perdonaba pagar la cuenta. Bueno, tener amigos así es muy valioso cuando se está en la bohemia literaria. En esta glorieta literaria, en fin, ya está entrado el otoño, ya tiene poca gente (…)”

Del libro IV capítulo I, de la mencionada obra “Adán Buenosayres”, extraigo algunos párrafos relacionados con el tema:

“En el portón abierto de la glorieta de Ciro, con los ojos vagabundos y el alma presa de honda melancolía, Ciro Rossini, ¡el grande Ciro!, hilaba el copo de sus otoñales pensamientos.

¡Diavolo!- murmuró Ciro Rossini, librándose de las dos o tres hojitas que acababan de aterrizar en sus cabellos renegridos por la virtud colorante del agua “La Carmela”. ¡Gran Dios, cuán desierto y triste le parecía entonces aquel recinto, escenario ayer de tanta locura veraniega! Ciro miró los reservados agrestes, ahora silenciosos como tumbas, resonantes ayer de palabras y risas; y un suspiro inacabable desinfló su tórax de barítono aficionado. En seguida paseó su mirada sobre la infinidad de mesas vacías que llenaban el recreo, y la detuvo al fin en el palco de la orquesta, donde un piano en su funda, un bombo en su mortaja y tres violines en sus ataúdes anunciaban la muerte de la música; entonces el gran Ciro, el triste Ciro, movió a un lado y otro su cabeza, evocando la multitud sonora que se había reunido allí noche tras noche y bajo un cielo más favorable. ¿Dónde estaban ahora los compadritos de pañuelo blanco, las muchachas con sed, los vecinos exultantes en sus piyamas de colores, las gordas mujeres que reían el amor de chorreadas parrilladas? (…) Ciertamente aquello era el otoño definitivo; y los días de la glorieta ya estaban contados. Lo que Ciro lloraba en esa medianoche otoñal era el ocaso del júbilo: porque Ciro Rossini, propietario y animador de la glorieta “Ciro”, era en el fondo un genio festival que trabajaba en la alegría del hombre como en una obra de arte (…)”.

Los artistas que brillaron en la Glorieta

Otra vez debo recurrir a los recuerdos de memoriosos. No quedan registros de los artistas que pasaron noche tras noche por la Glorieta. No había programas en papel a repartir como en los cines, tampoco se llevaban registros especiales de los músicos y cómicos asistentes a las funciones. Algunos ya pisaban firme en el espectáculo y se llevarían algunas “chirolas”, otros irían por la comida y poco más.

Siguiendo a evocadores “de tiempos mejores”, historiadores del barrio han recabado nombres. El listado que aquí propongo es:

Entre los músicos asistentes:

José Servidio: (1900-1969) Nacido en Villa Crespo. El más famoso de tres hermanos. Era el del medio, el mayor Luis y el menor, Alfredo. Los tres bandoneonistas. José y Luis pusieron música a los versos de Celedonio Flores “El bulín de la calle Ayacucho” (1923), grabado por Carlos Gardel y muchos más.

Paquita Bernardo: (1900-1925) Nacida en el barrio de Palermo (Gorriti y Canning – Scalabrini Ortiz-) con el nombre de Francisca Cruz Bernardo. Bandoneonista y compositora de tangos. Apodada “La Flor de Villa Crespo” y “La mujer bandoneón”. Se negaba a ponerse pantalones para actuar, vestía polleras largas y anchas con blusas, a lo sumo llegó a usar camisa con corbata. Era acompañada, a las funciones que realizaba, por dos de sus hermanos a exigencia de su padre, el andaluz José María. Se desconoce su cachet como ejecutante del bandoneón en la Glorieta, pero llegó a cobrar seiscientos pesos por cada actuación en el centro porteño. Carlos Gardel le grabó “La enmascarada”.

Héctor Mauré: (1920-1976) Nombre real: Vicente José Falivene, del vecino barrio de Palermo. Supo dedicarse al boxeo en Colegiales. Estimo que entre sus dieciséis y diecisiete años podría haber cantado en lo de Rossini. En la década del ´40 ya era la voz en la orquesta de Juan D´Arienzo.

León Zucker: (1916-1971) Nacido cerca del Mercado del Abasto, su familia le decía “Leoncito” pero su nombre artístico fue Roberto Beltrán. Practicaba boxeo al mismo tiempo que se desempeñaba como cantante. Cuentan sus biógrafos que debutó como cantor de tango en el “Café La Victoria”. Era amigo de Celedonio Flores quien le aconsejó que cambiara su nombre de nacimiento por uno artístico. Al ser amigo de Enrique Alessio (oriundo de Villa Crespo) cantó en la orquesta de Osvaldo Pugliese. Tuvo un desempeño profesional muy importante. Era hermano de Marcos Zucker.

Alberto Podestá: (1924-2015) De nacimiento llamado Alejandro Washington Alé, de la Ciudad de San Juan. El dúo de cómicos Buono-Straino lo oye cantar en su ciudad natal y lo invitan a que actúe en Capital Federal. Solía cantar en confiterías y lugares bailables. Muy pronto tuvo su consagración radial, modo de llegar al gran público.

El tano Genaro: quizá se refieran a Genaro Ricardo Espósito (1886-1944), del barrio de La Boca. Tocaba de oído el bandoneón, piano y guitarra hasta que perfeccionó sus conocimientos en Francia.

Entre los artistas de varieté:

José Marrone: (1915-1990), nacido en Julián Álvarez 1575, en el vecino barrio de Palermo. Según contó ya siendo muy popular, su padre lo golpeaba habitualmente aduciendo que tenía un carácter difícil. Dejó la escuela en segundo grado. A los ocho años ya estaba en la calle trabajando de los que fuese. Desempeñó todo tipo de oficios (peón, pocero, albañil) por necesidad económica no porque los conociera. En las entrevistas ofrecidas ya fmoso, relataba que en su pubertad trabajaba en la localidad de Tigre en locales que eran conocidos como de “la rascada”. Allí, muchos que se iniciaban en el espectáculo, actuaban todo el día y la retribución que recibían era la de las comidas que los clientes habían dejado en sus platos. Lograban así alcanzar las cuatro comidas diarias a cambio de un arduo trabajo, pero eso sí, sin dinero en el bolsillo. ¿Habrá sido así también en la Glorieta, en los casos de artistas recién iniciados? Aunque sabemos que Ciro Rossini abonaba las actuaciones de músicos y comediantes, dar de comer era algo que se agradecía.

Don Pelele: (1923-1991) Nació en Villa Mercedes (provincia de San Luis) con el nombre Francisco Pablo Quiroga Soria. De pequeño le pidió a su madre un bandoneón pero el dinero a duras penas alcanzó para una armónica. Ya en Buenos Aires, Gogó Andreu lo introduce en el mundo de las variedades.

Délfor: (1920-2013). De la localidad de Chivilcoy de nacimiento. Délfor no solo fue su nombre artístico sino también su nombre verdadero: Délfor Amaranto Dicásolo. Sus comienzos, tanto artísticos como en Buenos Aires, fueron como actor y comediante. Junto con Aldo Cammarota fue el creador de “La Revista Dislocada”. Amigo, o al menos conocido de Mario “Cariño” Pugliese.

Tilde Thamar: (1917-1989) entrerriana aunque de adolescente llegó a Capital. Varios la incluyen como actuando en la Glorieta aunque en su vida artística se destacó y brilló en cine. Su nombre artístico viene de su primer nombre real, Matilde, y el apellido Thamar es el nombre de su madre, llamada Martha, invertida las sílabas. Su nombre completo era Matilde Sofía Margarita Abrecht Nichoester, fue conocida en Francia, donde falleció, como “La bomba rubia argentina”.

Mario “Cariño” Pugliese: (1910-1995) Se lo recuerda como músico, actor comediante. Con los años dejó el mundo artístico y se dedicó exclusivamente a la astrología. Llegó a conducir su propio programa, en la televisión argentina, como astrólogo.

Antes, en 1930, integró el trío cómico “Los Bohemios” (¿acaso este nombre provendría del Club de fútbol Atlanta?) junto a Zelmar Gueñol y Guillermo Rico. Hacia 1940 condujo su propio programa radial en Radio Prieto, en este proyecto actuaba como imitador Délfor Dicásolo.

Algunas dudas

En muchos de los aquí nombrados no cabe duda que realizaron sus actuaciones siendo adolescentes o muy jóvenes, como el caso de José Marrone, José Servidio, Paquita Bernardo, Héctor Maure. En otros casos surgen dudas de si su presencia se concretó en sus inicios o si ya estaban encumbrados y sus representaciones o visitas la realizaban como artistas ya reconocidos en el ambiente, tal podría ser el caso de Alberto Podestá, Délfor y sobre todo de Tilde Thamar, si es cierto que fuera ella la que concurrió al negocio de Rossini.

Cuando se realizan investigaciones siempre surgen dudas si los recuerdos son certeros o aproximados o si hay grandes distorsiones en la remembranza.

El Café y Glorieta ¿tendría algún cartel que lo identificara? Esa rememoración de algunos vecinos nos dice “La Glorieta”, otros “La Glorieta de Rossini” e incluso Leopoldo Marechal por intermedio de su personaje Adán Buenosayres nos dice “La glorieta de Ciro”. No han quedado testimonios certeros y definitivos.

Otro caso que aquí propongo es el del nombre del dueño local: Ciro Rossini. ¿Sería su verdadero nombre, o acaso un apodo, un nombre artístico? Leyendo la obra de Marechal, él nos dice sobre este italiano: “aficionado al bel canto y al arte en general; un suspiro inacabable desinfló su tórax de barítono aficionado”.

Puede ser que haya sido su nombre artístico, quizá proveniente de la ópera “Ciro en Babilonia” cuya música es de Gioachino Rossini, en boga a fines del siglo XIX y actualmente casi olvidada. Al ser aficionado de las óperas quizá también fuera cantante lírico, sabemos que por aquellos años ningún artista utilizaba su nombre verdadero sino que era reemplazado por un nuevo nombre, el artístico.

Otro interrogante que me surge, y es el último en este artículo, proviene del párrafo donde Marechal alude a los artífices que se encontraban en la glorieta luego de “aquel viaje que hacen los protagonistas al bajo de Saavedra”. Cito a “Adán Buenosayes” Libro IV capítulo I:

“Solo cinco ánimas en pena se mantenían fieles aun y Ciro Rossini las consideró, no sin ternura (…) Mis artistas, declamó Ciro, presentando a los cinco fantasmas. (…) trío “Los Bohemios” (tres caras verdosas de nocturnidad), la del payador Tissone (beatífica y modesta), y la del Príncipe Azul, que no abandonaba, empero, su aire chúcaro y desdeñoso.”

No cabe duda que el payador Tissone está inspirado (porque el mismo Marechal lo dejó bien en claro) en José Betinotti, recordado como el último payador.

Al personaje del Príncipe Azul lo presenta como arrogante:

“Lo que me interecsa es el precsente (…); yo pongo mi arte al serviccio de las macsas (…); ahí tienen mis déccimas ´Noche de Julio´, describo a un micserable, muriéndose de frío en el umbral de lujocso palaccio, mientras adentro los burguecses derrochan el oro en infacme orgía.”

Acaso Marechal estuviera proyectando la personalidad del Príncipe Azul a la de Juan Carlos Marambio Catán (1895-1973) que en su tango “Acquaforte” (Aguafuerte, 1931, grabado por Carlos Gardel) describe una situación semejante:

“Es medianoche, el cabaret despierta, muchas mujeres, flores y champagne (...) Un viejo rico que gasta su dinero, emborrachando a Lulú con su champagne, hoy le negó el aumento a un pobre obrero, que le pidió un pedazo más de pan.”

Con respecto a “Los Bohemios” es el mismo nombre que habían adoptado Mario “Cariño” Pugliese, Zelmar Gueñol y Guillermo Rico en los años ´30 ¿acaso también supieron brillar los tres cómicos en la Glorieta o acaso es un juego literario de Marechal?

Extraigo párrafos del libro mencionado referente a este trío:

Per Bacco –elogió Ciro- ¡hay que oír las macanas que dicen y cómo hacen reír a la gente!

¿Cantan o recitan?, le preguntó Adán.

Cantamos disparates. Cosas que no tienen ni pie ni cabeza:

´La pampa tiene el ombú y el puchero caracú. Sacudime la persiana que allá viene doña Juana. Cinco por ocho cuarenta, pajarito con polenta. ¿Quién te piantó de la rama, que no estás en el rosal?´

–Ira de Dios- rezongó Franky (álter ego del poeta Oliverio Girondo, según Marechal) al oír aquel engendro- ¡Y pensar que no los han matado todavía!

–¡Eso es dadaísmo puro!- exclamó Pereda (álter ego del poeta y escritor Jorge Luis Borges), sin ocultar su deleite.”

Lo extraño (al menos para mí) del texto de Marechal es que le hace decir a Rossini:

“(…) cinco fantasmas taciturnos que se movían lentamente junto al palco, entre un revoltijo de guitarras y bandoneones.

-Pobres muchachos –reflexionó Ciro- Mañana trabajarán en los fondines, por un café con leche.”

Equivocación de Rossini (o de Marechal, claro), ya que tanto Zelmar Gueñol como Guillermo Rico integrarían el exitosísimo grupo humorístico “La Cruzada del Buen Humor” (luego “Los Cinco Grandes del Buen Humor”) o quizá estos actores se integraran tiempo después al trío “Los Bohemios” ante la deserción de antiguos miembros, los cuales sí, habrían tenido el destino fijado por Ciro y Leopoldo.

La levedad de algunos Cafés emblemáticos

Cuántos concurrentes habrán gozado de un exquisito café, de una parrillada, de un delicioso vino, aplaudiendo espectáculos y danzando al compás del dos por cuatro.

Cuántos artistas han estado presente en la Glorieta y hoy solo nos queda de recuerdo su nombre artístico: Los Hermanos Rubí, La Niña de Cádiz, Chichirinela, Risitas, Los Hermanos Garay, El Flaco Pinocho y tantos más.

En ese mismo solar de la Glorieta, no se tiene certeza si fue durante o cuando la Glorieta ya no existía, supo emplazarse el Circo Fazio, que tenía sus orígenes en el barrio de Boedo. Algunos recuerdan al payaso “Sacudilenomás” (¡cómo le habrán dado golpes para lograr la delicia y las carcajadas del público!). En este circo brilló Felipe Panigazzi (1887-1954), que llegó a encabezar su propia Compañía de Sainetes y Comedias donde uno de sus integrantes era Alberto Vacarezza.

Muchos de los recordados cafés emblemáticos tuvieron una fugacidad sorprendente, estuvieron activos mientras su propietario y animador estaba al frente del negocio, unos cuarenta o cincuenta años, quizá los tiempos con sus modas fueron cambiando vertiginosamente o no encontraron quien los continuara sin perder la esencia. Pero están albergados y custodiados en nuestra memoria.

 Por Eduardo Horacio Bolan

eduardobolan@gmail.com

lunes, 30 de noviembre de 2020

TIEMPO ATRÁS, POR EL CAMINO DE MORENO

 

              TIEMPO ATRÁS, POR EL CAMINO DE MORENO

 

Antes que el barrio de Villa Crespo sea así llamado por los rematadores de lotes, un camino de barro fue una de las vías para trasladar a los muertos a su última morada.

 

CAMINO DE MORENO

La actual Av. Warnes (denominada así por Ordenanza de 1893) en la década de 1870  era un sendero de barro conocido como el Camino de Moreno. Pocos pobladores moraban en las residencias veraniegas de recreo propiedad de familias porteñas y en las viviendas precarias con quintas habitadas por criollos e inmigrantes italianos.

Este camino era así conocido porque se encontraba en la propiedad de Pedro Moreno, próxima  a las de  la familia Antezana, a la quinta de los Balcarce, a la del Ministro inglés Henry Southern, entre otras.

Esta vía era transitada por carretas tiradas por bueyes que llevaban verduras y hortalizas al casco céntrico porteño. Un paisaje campestre, así era la vista que se ofrecía a los posibles visitantes décadas antes que se conociera esta zona como Parroquia de San Bernardo o como la denominaran los rematadores de lotes, la Villa de Crespo.

El de Moreno era uno de los pasos obligados para dirigirse a las “chacritas de los colegiales” ya que a la altura de Thames se había construido un puente para cruzar el Arroyo Maldonado.

 

FIEBRE AMARILLA DE 1871

Al concluir la Guerra de la Triple Alianza o Guerra del Paraguay (1864-1870 entre, por un lado, Brasil, Argentina y Uruguay y por el otro Paraguay) los soldados argentinos vuelven a sus lugares de residencia: Corrientes y Buenos Aires.

Esta guerra los brasileños la recuerdan bajo el nombre de Guerra do Paraguai y los paraguayos Guerra Grande, o Guerra contra la Triple Alianza o Guerra Guasú.

Muchos combatientes regresan a sus hogares portando la enfermedad de la fiebre amarilla, producida por la picadura del mosquito hembra infectada aedes aegypti (el cual también es transmisor de dengue, zika y chikunguya).

Muy pronto el contagio es masivo en Buenos Aires ciudad, especialmente en los conventillos habitados, en general, por inmigrantes de múltiples nacionalidades diferentes.

La mortalidad en Buenos Aires aumenta cada día de ese año 1871. Se calcula que en esta ciudad las muertes ascendieron a 14.000 en total y más de 3.400 fallecidos fueron trasladados al cementerio de la Chacarita. Una de las vías para llegar era el Camino de Moreno.

En esos años el cementerio de la Chacarita estaba emplazado en lo que hoy es el Parque Los Andes.

 

LA PINTURA QUE REFLEJA EL DRAMA

La obra pictórica “Un episodio de la fiebre amarilla en Buenos Aires” del pintor uruguayo Juan Manuel Blanes (1830-1901) nos muestra el drama que se vivía día a día, casa por casa, habitación por habitación.

               
                          “Un episodio de la fiebre amarilla en Buenos Aires” del pintor uruguayo Juan Manuel Blanes 


Esta tela al óleo presenta el instante en que el abogado José Roque Pérez, con el sombrero recién retirado de la cabeza, y el médico Manuel Gregorio Argerich, con el sombrero que ya descansa entre sus manos, observan a una mujer que yace muerta en el piso de la pieza. Ella lleva puesto un atuendo blanco y está descalza. Cerca de su mano derecha se encuentran una cuchara y una taza. Un bebé tiende sus manos al pecho izquierdo de la difunta como queriendo mamar.

Entre Roque Pérez y Argerich, en un plano posterior, se halla un hombre agachado que ve la escena con mirada desconcertada. Arriba de él, otro hombre también observa a la mujer muerta y tapa su nariz y boca con un pañuelo.

A la derecha del cuadro yace acostado un hombre muerto con el torso desnudo, cubierto hasta la cintura por una sábana y frazada. Arriba de él puede observarse en la oscuridad del cuarto una cruz cristiana.

A la izquierda de Argerich se observa a un jovencito con chaleco y con las manos en los bolsillos del pantalón. También se encuentra descalzo con los dedos del pie izquierdo sobre los del derecho y con su mirada perdida, quizá en una actitud de nerviosismo. Puede ser que sea el hijo mayor de esa mujer alcanzada por la muerte.

Juan Manuel Blanes realizó una representación del drama que sufrieron tantas miles de personas. Se basó en el parte policial confeccionado por el Comisario Lisandro Suárez, es por eso que se conocen los datos de la mujer. Su nombre era Ana Brisitiani y era de nacionalidad italiana. Se la encontró muerta el 17 de marzo de 1871 en Balcarce 384 (barrio de San Telmo).

El parte policial dice que en realidad la mujer se encontraba muerta sobre el colchón “con una criatura de pecho mamándole”. El marido de la mujer, en esa fecha, se encontraba “enfermo en la Boca del Riachuelo”.

Tal vez Blanes, en su obra, incorporó al marido en la escena o, como sugieren algunos críticos de arte, el autor quiso representar al Cristo tendido en la cama.

Tanto Roque Pérez como Argerich murieron de esa fiebre que asoló a Buenos Aires junto a otros diez médicos, dos practicantes y cinco farmacéuticos.

 

COCHES FÚNEBRES EN AV. WARNES

Por varios años más este Camino de Moreno fue escenario del lento transitar de coches fúnebres tirados por caballos, esta vez en 1887 con la epidemia del cólera.

Los carruajes llevando a los cadáveres y sus acompañantes partían de la esquina de Corrientes y Centro América (actual Av. Pueyrredón).

 

EL PASO DE LOS CARRUAJES FÚNEBRES POR WARNES EN LA LITERATURA

En la novela “Adán Buenosayres” de Leopoldo Marechal se percibe el impacto de los vecinos ante la presencia de estos carros fúnebres portando cadáveres hacia su descanso eterno.

En el capítulo I del Libro Segundo nos dice  Marechal:

“-¡Ojo al entierro!

Adán había llegado a la calle Warnes, y como intentara el cruce debió retroceder precipitadamente. ¡Hurra! El cortejo avanzaba entre un ondear de penachos luctuosos y un repique de solemnes herraduras. Seis caballos negros, (…) tiraban del coche fúnebre. Detrás venía la carroza de las flores, palmas, coronas y cintas de color morado. Luego los cupés de los deudos con sus farolas enlutadas, y veinte más en fila, relampagueantes de charol.

Detenido en la esquina de Monte Egmont y Warnes, Adán leyó las dos letras de oro que relucían en el cortinado funeral de la carroza. R.F.”

 

eduardobolan@gmail.com

jueves, 29 de agosto de 2019

A 70 años de ADÁN BUENOSAYRES

A 70 AÑOS DE ADÁN BUENOSAYRES

Por Eduardo H. Bolan







El pañuelito blanco  que te ofrecí  bordado con mi pelo”  Así comienza esa maravillosa canción porteña “El pañuelito”. Versos compuestos por  Gabino Coria Peñaloza (1889-1975) en 1920 sobre una música que Juan de Dios Filiberto  (1885-1964) compusiera en 1917. 
No solo ese tango comienza así, también lo hace la novela “Adán Buenosayres”, del gran  escritor y poeta Leopoldo Marechal (11 de junio 1900 - 26 de junio 1970). Publicada por Editorial Sudamericana el 30 de agosto de 1948, continúan realizándose  nuevas ediciones en castellano y traducciones a diversos idiomas.  Esos versos corresponden al Libro Primero, capítulo I pero la obra en sí comienza con un  “Prólogo indispensable” firmado por L. M. Allí, el autor nos informa y anticipa que “En cierta  mañana de octubre de 192., casi a mediodía, seis hombres nos internábamos en el  Cementerio del Oeste, llevando a pulso un ataúd (…) El Astrólogo Schultze y yo (…) Franky Amundsen y Del Solar (…) Luis Pereda (…) Samuel Tesler” 

Personas y personajes en "Adán Buenosayres"
Ya están presentados varios de los protagonistas que dan vida a esta novela. Bien es conocido que cada personaje representa a alguno de sus amigos o colegas del grupo  martinfierrista. Así por ejemplo encontramos a Xul Solar, pintor, escultor, inventor y muchas cosas más, como el astrólogo Schultze; Jorge Luis Borges como el “fortachón y bamboleante como un jabalí ciego” Luis Pereda; Jacobo Fijman, poeta, como Samuel Tesler, Raúl Scalabrini Ortiz, pensador, historiador, periodista y muchas cosas más, como el petiso Benini y así otros.  Al que trasladan en el ataúd es, precisamente, a Adán Buenosayres. 
El mismo Marechal nos aclara en el mencionado Prólogo que “podría suceder que alguno de  mis lectores identificara a ciertos personajes de la obra, o se reconociera él mismo en alguno  de ellos. En tal caso, no afirmaré yo hipócritamente que se trata de un parecido casual, sino que afrontaré las consecuencias (…) todos los personajes de este relato levantan una  “estatura heroica”; y no ignoro que, si bien algunos visten el traje de lo ridículo, lo hacen  graciosamente y sin deshonor, en virtud de aquel “humorismo angélico” (así lo llamó  Buenosayres)”  A pesar de esta “observación final” no todos quedaron conforme, se sabe que a Borges no le  hizo gracia. 
También en dicho Prólogo, Marechal nos dice: “Mi plan se concretó al fin en cinco libros,  donde presentaría yo a mi Adán Buenosayres desde su despertar metafísico en el número  303 de la calle Monte Egmont, hasta la medianoche del siguiente día, en que ángeles y  demonios pelearon por su alma en Villa Crespo, frente a la iglesia de San Bernardo, ante la  figura inmóvil del Cristo de la Mano Rota. Luego transcribiría yo el Cuaderno de Tapas Azules  y el Viaje a la Oscura Ciudad de Cacodelphia, como sexto y séptimo libros de mi relato.  Las primeras páginas de esta obra fueron escritas en París, en el invierno de 1930.” 

Encuentros para homenajear a "Adán Buenosayres"
Como ya es costumbre y gracias a la iniciativa de María del Ángeles Marechal, hija del escritor y poeta, integrante de la Fundación Marechal y del Museo Histórico “Cornelio de  Saavedra” representado por su Director Lic. Alberto Piñeiro, Villa Crespo ya cuenta su 7º año consecutivo realizando la “Visita guiada por los Itinerarios de Adán Buenosayres de Leopoldo Marechal”. 
El encuentro para este recorrido se produce en la Biblioteca Popular Alberdi (Acevedo 666), donde el escritor fuera bibliotecario entre los años 1919 a 1923 y donde escribiera sus primeros poemas, incluídos en el que fuera su inaugural libro editado “Los    Aguiluchos” (Editorial Manuel Gleizer, 1922). Desde la Biblioteca se inicia la caminata por las calles y lugares emblemáticos de Villa Crespo. 
Por la tarde el itinerario continúa por el barrio de Saavedra donde también se desarrolla parte de la trama de esta narración.  “Adán Buenosayres” fue la primera novela escrita por Leopoldo Marechal y es allí donde Villa Crespo vibra con sentimiento propio. 
Este barrio quedó grabado en su recuerdo y corazón. Aseveración que se lo puede apreciar al comienzo de su última novela “Megafón, o  la guerra” (1970), acaso una especie de continuación de “Adán Buenosayres” pues retornan algunos de los sitios y protagonistas de esa primera narrativa, tal el caso de Samuel Tesler y del propio narrador. 
Es, en “Megafón, o la guerra” donde Marechal regresa a esos años juveniles a través de un personaje, Megafón, que lo presenta como un espejo de sí mismo:  “Porque aquel niño lector arreaba con todo, artes, ciencias y letras, en un desorden que  favorecía no poco el mismo tenor de la Biblioteca Popular Alberdi cuyo acerbo bibliográfico (…) todo lo proponía” También retorna a un lugar emblemático: “Conocí a Megafón en 1921 y en la Biblioteca Popular Alberdi (…) que funcionaba en la calle Camargo de Villa Crespo.” 



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